Amores pasajeros: La decisión

Hace un par de días estaba en un bar en Edmunston junto a una compañera de trabajo. Estábamos tomando nuestra última cerveza en el típico bar de pueblo gringo y en medio de los variados temas que abordamos las mujeres en una conversación (detectar sarcasmo), empezamos a hablar de amores, desamores y viajes. Lo cual me llevo a escribir este post, porque el amor es un tema bastante complicado cuando te caracterizas por ser una nómada. Porque la persona que está contigo tiene que lidiar constantemente con la idea de que en cualquier momento te vas a ir, pase lo que pase, te vas a marchar y por si fuera poco le vas a exigir que se sienta dichoso pensando que si te ama de verdad te dejará libre.

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En mi vida tuve dos grandes amores, los vamos a llamar UNO y DOS, para no complicarnos. A mis diecisiete años conocí a mi primer amor, Uno. Me enamoré perdidamente de él y aunque aparente ser una mujer muy fuerte e independiente seamos honestos no lo soy. Soy una marica, romántica, cariñosa, me enamoro súper rápido y a veces paso de patética leyendo libros como “Ama y no sufras” en un café hípster en el centro de la ciudad. En fin, después de entrar a la universidad y haber pasado un año y medio de amor profundo decidí hacer mi primer viaje sola. A Uno no le gustó nada la idea y terminamos. Cuando regresé no pasó mucho tiempo para que volvamos a estar juntos. Pasamos un año más, yo esforzándome por fingir ser alguien que no soy y él esforzándose por retenerme, obviamente, ninguno de los dos logramos nuestro objetivo y al poco tiempo volví a partir. La relación no duró mucho. Al volver, una parte de mi sabía que estaba perdiendo al hombre de mi vida, pero no podía  conmigo misma, existía algo más fuerte que me insistía desde lo más profundo que lo deje. Finalmente logramos dejarnos ir consientes que era lo mejor.

En los próximos meses conocí a mi segundo amor, Dos. Lo conocí en un bar y empezamos a salir interrumpiendo “la etapa de duelo”. Esa etapa en la que aceptas que se acabó, que terminaste esa relación larga, que esta vez no volverás atrás, estas aprendiendo a estar solo y redescubres tus gustos sin ser influenciado por la opinión de alguien más; esa etapa en la que debes estar solo, sin importar nada, debes aprender a estar solo, pero como esa etapa es terriblemente difícil y abrumadora, por lo general lo que haces es refugiarte en los brazos del primer idiota que se te cruza. Bueno para no hacerlo mejor lo hice así- detectar más sarcasmo- me enamoré rapidito, me enamoré hasta las patas, me encandiló y enloquecí por él, y sin darme cuenta, a los pocos meses estaba aceptando casarme con él, imaginando una casa, un perro, y construyendo una vida que no tenía el más mínimo sentido– oh por Dios, solo de acordarme me da nauseas –. En fin, confío en que la vida es muy sabía, al poco tiempo decidí mudarme a Cochabamba. Había encontrado un trabajo, empezaba un diplomado  y él vivía ahí.

Recuerdo bien esa noche, había alistado mi maleta floreada que me regaló mi madre la navidad pasada, puse todo lo necesario; solo me quedaba contar los minutos para que el sol se oculte entre las montañas y llegue la hora de tomar ese avión. Sentada en frente de la ventana, esperaba que oscurezca. Parecía que el sol nunca se escondería y que nunca iba a llegar la hora; daba una vuelta, me miraba al espejo, retocaba el delineador de mis ojos, volvía a la ventana, el tiempo no pasaba. Era la típica ansiedad que sientes cuando sabes que estás dando un paso importante en tu vida. Volvía al espejo, ensayaba algunas posibles conversaciones que tendría al llegar y volvía a mirar la ventana. Se sentía alcanzar el ocaso, el cielo se ponía gris, las montañas se iluminaban cuando el sol pasaba por detrás y la brisa helada penetraba las infinitas capas de ropa que protegían la vulnerabilidad de mi cuerpo. La espera siempre parece eterna, pero solo habían pasado cinco minutos. Finalmente, veo el reloj y había llegado el momento de partir, estaba a punto de coger la maleta y suena mi celular; me detengo y veo un correo nuevo, lo abro y… ¡voila!

Algunos meses atrás cuando Dos no existía en mi vida, había postulado a una beca en Francia, como no habían respondido la daba por perdida. Pero en ese preciso momento entre coger mi maleta y tomar el avión, llega un mensaje de aceptación para la beca, 9 meses en Francia. Momentos decisivos de la vida: ¿tomo ese avión y vivo en Cochabamba junto a lo que parecía ser amor o me voy a Francia y continúo siendo la persona que deja?

¿Qué hice? Tomé ese avión.  Deben estar pensando “pero que pelotuda”. Sí, un poco, no lo voy a negar, pero era justo lo que necesitaba hacer en ese momento.

Volvamos atrás por unos segundos. Cuando la relación con Uno no funcionó lo primero que pensé fue que era mi culpa. No funcionó por mí, porque no supe elegirlo a él por encima del deseo de aventura, porque no puedo evitar ser una nómada, porque fui egoísta y nos habíamos herido tanto por mi irremediable deseo de partir  y me repetía continuamente: “quien va a querer estar con una persona que sabes que se va a ir, que te va a dejar y que en lo único que es constante es en su inconstancia”. Por eso decidí subir a ese avión y rechazar la beca. No voy a decir que fue la peor decisión de mi vida, porque no lo fue, pero sí puedo decir que fue la persona equivocada, pero eso lo supe muchos meses después.

Pensaba ilusamente que ya había superado la etapa de “viajera”, repitiéndome a mí misma: es hora de que sientes cabeza, hagas algo con tu vida, es hora de que demuestres que no siempre vas a ser quién deja, que también eres capaz de renunciar a lo que eres por quien amas. Estoy segura de que todo pasa por algo en la vida, o por lo menos es lo que decimos para consolarnos cuando sucede algo para lo que no estábamos preparados pero al final todo sale mejor. Sin duda si me hubiera ido y hubiera vuelto a ser quien deja y no me hubiera probado a mí misma que también puedo saber quedarme, ahora seguiría pensando que continuo partiendo por circunstancia y no por decisión, no estaría tan segura de lo que soy y no sabría que las decisiones grandes no se toman en cinco minutos, ni tampoco sabría que hay que saber renunciar a cosas pero nunca a quien eres y hay que renunciar por quien lo valga porque, al final, lo difícil no es renunciar, lo difícil es encontrar a esa persona que lo valga.

– Sara Faride

Keep Calm & viaja bonito

Llegas a una ciudad, es de madrugada, pero aún sigue lo suficientemente oscuro para poder ver las luces que encandilan tu llegada. Respiras por primera vez su aire y piensas en todo lo que tiene para ofrecer. Playa, bares, museos, gente, idiomas, fiestas, calles, historia… y solo de recordar lo efímeros que son los momentos, los lugares y las personas, te agobia la sensación de que nunca tendrás tiempo suficiente.

Entonces, sin dormir sales a conocer la ciudad, ves las artesanías, te encuentras con algunos amigos, comes algo suculento, das otra vuelta, visitas un museo y encuentras a más amigos, te invitan a un bar, sales, te tomas una cerveza, luego van a la discoteca, bailas, bailas, bailas, conoces más gente, aprendes nuevos pasos, tomas bebidas típicas, te comes una hamburguesa de la calle, vas a ver la luna a la playa, tomas otra cerveza, hay gente tocando tambores y bailas, bailas, bailar, ya está el amanecer, el mar es hermoso y conoces más gente, te tomas otra cerveza y de repente son las 7 de la mañana, no puedes cerrar los ojos y te das cuenta que no has parado como en tres días. Por eso siempre hay que recordar…

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Y es que,  cuando llegas a un lugar por un mes, una semana o un par de días quieres conocer todo, vivir todo, tener “the full experience”, pero nunca vas a tener el tiempo suficiente. Y si lo intentas hacer, el viaje va a ser lo más estresante que has hecho en tu vida. No puedes pasarte 24/7 de fiesta, ni comerte todos deliciosos platillos sin terminar con una indigestión delirante, ni hablar con todo el mundo sin sobre cargar tu cerebro. Necesitas relajarte. Por eso, algo que aprendí en los viajes es a respetar a mi cuerpo, a mi mente, mi espacio y mis momentos. Es decir, estoy en Cartagena de Indias, hay rumba por todo lado, conozco a  gente buena onda en el hostal, quieren beber ron y bailar salsa, bachata, vallenato, champeta, chucuchucu y más… la noche se pinta espectacular, pero estoy cansada, acabo llegar de viaje y he tenido sobre cargas emocionales entre despedidas y el Skype con mamá; lo único que quiero en este momento es quedarme a pasar el rato en el hostal, tirarme en la cama, ver videos estúpidos en youtube, escribir un rato y dormir, porque aunque la noche parezca genial y sabes que estás ahí por poco tiempo,  necesitas respetarte, tomarte tu tiempo, como si estuvieras en casa.

Cuando haces un viaje de 10 días… dale!!! Metele!!!! Excédete!!! proba de todo, fiestea todas las noches y emborráchate sin pensar en la resaca. Pero si vas a viajar 3, 4, 6 o 12 meses, no puedes hacerlo… porque ya no estas tomando unas vacaciones, estás haciendo del viaje un estilo de vida.

Si te pierdes una fiesta o una charla, no es tan grave; o un museo, tampoco… van a haber más. Es más importante disfrutar los momentos, vivir historias y viajar tranquilo. Tomarte el tiempo suficiente para asimilar la información, las emociones, para disfrutar un atardecer, lavar tu ropa, dormir bien y cocinarte algo rico. Por más que veas la décima parte de lo que deberías ver según el “circuito turístico” que te han impuesto, lo habrás disfrutado al máximo, y no solo habrás estado en “lugares” y te habrás sacado un millón de selfies para el Facebook, sino tendrás mil historias que contar, habrás reafirmado tus ideas e, inevitablemente, te habrás sentido un poquito más grande.

Por eso durante el viaje recuerden viajeros y viajeras Keep Calm and viaja Bonito… pero sobre todo ¡!!JUST KEEP CALM!!!!

– Sara Faride

Los hermanos Zambrano Parte II: Hasta cagarse de miedo

Ya llevábamos un par de días donde Fabián. Después de que se le paso la borrachera, estaba muy contento de tener un poco de compañía, la solitaria montaña se había llenado de carpas, risas, discusiones y escándalos. El primer día, nos dejó solos en su casa… grave error. Nos encontrábamos en medio del inhóspito monte del Hornocal y no teníamos nada para comer (Bueno, nada que no necesite excesivo esfuerzo para prepararlo). Entonces, nos organizamos y decidimos que algunos harían pan, otros buscarían agua y otros traerían leña.

Pasaban las horas y no lográbamos nada, la angustia aumentaba minuto a minuto, sin mencionar que las mujeres nos retroalimentábamos la paranoia. En medio de la desesperación sacamos todas las herramientas de Fabián (picos, machete, pala, baldes, etc.). Evidentemente, teníamos muy poca experiencia de su uso correcto, por lo que terminamos por romperlas y como si fuera poco las dejamos tiradas por todo lado. Que puedo decir para excusarnos; entramos en pánico, eso es todo. Después, quisimos prender el horno de barro, estábamos a punto de lograrlo, viendo arder la leña dentro y de repente se ve fuego por todas partes. Sí, le quemamos el horno, específicamente, YO le queme el horno a Fabián… seamos realistas yo nunca había estado en situación semejante en mi vida. Deberían dar gracias que nadie haya salido herido o que no le terminé quemando la casa entera. Además, yo que iba a saber que había que quitarle el sombrero de paja antes de encenderlo.

Después de toda la crisis, las chicas lograron hacer pan, lo pusieron en una lata que parecía una fuente, lo cocinaron y comimos como en casa. Estábamos contentos, a pesar de todo lo habíamos logrado. Hasta que llego Fabián. Vio todo el desastre que habíamos hecho, su sola mirada hacía que la culpa nos atraviese la boca del estómago. Encima, en cuanto llega, lo primero que pregunta es – ¿para qué habíamos sacado esa lata?… si él la utiliza para bañarse. Siguiente escena: Mirada desconcertada seguida de suspiro colectivo.

Honestamente, nos había dejado solos 4 horas y le habíamos destruido la casa entera. Nos sentíamos mal con él y con nosotros mismos. La verdad es que fuera de nuestro confort citadino éramos unos completos inútiles. En fin, al día siguiente, tratamos de sanar nuestra conciencia ayudándolo a regar el sembradío, valga remarcar que terminamos haciendo otro desastre. Fabián nos tenía mucha paciencia, nos enseñaba, reía con nosotros y compartía sus saberes.

Más tarde nos invitó a ir donde su hermano Juan quien vivía a 1 o 2 horas de caminata en otra montaña. Salimos casi de noche y por más que lo intentábamos no podíamos seguir el ritmo de Fabián, lo cual retrasó al grupo. El camino se empezó a poner peligro, subíamos cerros que se despeñaban, a cada paso que dábamos sentíamos que nos resbalábamos al precipicio y había partes en las que debíamos pasar corriendo, sino caíamos sin más remedio.

De repente empezó a bajar la noche y aun estábamos lejos. Fabián nos decía que no nos preocupemos tendríamos la luz de la luna llena. Continuamos caminando durante horas y aun así no llegábamos, ya estaba completamente oscuro. Y la luz de luna llena prometida estaba oculta tras las espesas nubes. Entonces decidimos caminar pegados. Íbamos Fabián, Ale, yo, el resto del grupo y al final estaba una compañera chilena (no daré su nombre, por respeto). Ella la pasó mal casi toda la caminata, pero nunca desistió y lucho junto a todos poniéndole buena energía a cada momento. Caminamos uno detrás de otro, siguiendo los pasos del de adelante porque la mitad del grupo no contaba con una linterna.

La caminata en sí era peligrosa y complicada, si le sumamos la oscuridad y la esquizofrenia colectiva, teníamos el show completo. Durante la caminata Fabián nos contaba historias y leyendas de la montaña, al principio eran entretenidas, pero en cuanto empezó a decir que el Churki (el puma) vivía ahí y que salía por la noche a cazar, y miras a tu alrededor; todo está oscuro y silencioso, y empiezas a sentirte absolutamente vulnerable… lógicamente dejas de disfrutar cualquier historia.

Se sentía la tensión, el miedo, la concentración para no dar un paso equivocado, se escuchaban llantos contenidos, respiraciones resquebrajadas, yo solo pensaba: “Quién mierda me manda a meterme en esto, mañana mismo llamo un taxi y me voy a mi casa”.

De pronto tenemos una piedra inmensa con una inclinación de 90 grados, nos dicen: “pasen rápido y erguidos para no caer”. Nos preparamos. Listos y ahí vamos. Fabián avanza, lo seguimos, aceleramos el paso, casi corriendo y súbitamente…

se detiene.

Fabián se detiene a contarnos otra historia en medio de la roca.

Pies firmes,

inclinación exacta,

manos cual garras en cualquier superficie,

gota de sudor,

corazón en la boca,

traga saliva,

y grito colectivo: “¡¡¡Fabiiiiaaaaann, Avance, avance!!!”

Fabián se ríe y continúa.

Mientras me reponía del susto escucho que nos dice “mortales”. En ese momento pensé: “sí, si… somos simples mortales”. Horas después Ale me aclaró que Fabián se refería al camino, diciendo: “mortal (espacio) es”. Gracias a Dios mi inocencia selectiva me salvo de un posible paro cardiaco.

Finalmente, escuchamos ladrar a los perros de juan y supimos que habíamos llegado. El alma volvía al cuerpo, empezó a lloviznar, veníamos corriendo para cubrirnos y como las gotas de lluvia llegábamos uno a uno a empaparnos de emoción. Nos abrazábamos, gritábamos, festejábamos estar vivos. De pronto, nos damos cuenta que aún no había llegado la compañera Chilena. Sabíamos que le costaba mucho las caminatas así que empezamos a preocuparnos, todos preguntaban ¿Dónde está Fran? (ups!). En cuanto estábamos saliendo a buscarla la vemos llegar medio que cojeando pero apurada, con cara de preocupación y antes de que pudiéramos hacer algo, tira la mochila al suelo, se baja el pantalón y se pierde en una pequeña loma. Se escucha gritar a lo lejos “¡joder! Alguien pásele papel que se cagó de miedo”

Fue una experiencia de terror y aunque suene vulgar, la mejor descripción que le puedo dar es que fue un momento para “cagarse de miedo”, pero la emoción que se sentía al llegar es indescriptible. Las rocas te envolvían en su grandeza, la noche cautivaba, las montañas se veían dibujadas en la oscuridad, había una pequeña casita de adobe con techo de paja en el medio, una piedra que servía de sofá, otra de plato, y una de cama para recostarse a ver la inmensidad del universo. Justo ahí, Víctor, Ale y yo nos abrazamos para protegernos del frio y ante nuestros ojos la luna llena salió de entre el contorno de las montañas, las espesas nubes se abrieron para darle paso a su grandeza y un aro de luz difuminado se formó a su alrededor.

En ese momento me di cuenta que existe el destino, cuando las nubes te cuentan historias, moviéndose al unísono de las palpitaciones de tu corazón; 72 palpitaciones por minuto que te susurran al oído: Estás vivo, estás vivo, estas vivo…. 72 veces estás vivo. Me llene de magia, no me cambiaba por nadie, ya ni siquiera consideraba como opción llamar un taxi e irme a casa. Ese momento: segundos de inmensidad, de sentir que el universo te envuelve, que el viento te acaricia, que eres infinitamente pequeño como para poseer algo, pero tan grande como para dejar que ese algo te posea. Ese instante, suspiro lentamente, justo antes de escuchar el estruendoso grito a cenar y me digo a mi misma “vale la pena”.

– Sara Faride

El desapego del viajero

A lo largo de nuestra vida vamos enfrentando diferentes despedidas. Amigos que se van, algún familiar que fallece, los duelos simbólicos a los amantes pasajeros, las mascotas que por ley universal deben vivir menos que nosotros o el adiós a aquellas personas con las que solíamos ser tan unidos y un día se dan cuenta que ya no tienen nada en común. Como viajero este sentimiento se magnifica, al doble, al triple, más. Ya que cada cierto tiempo cambias de ciudad, de amigos, de trabajo, de pasatiempos, de amor.

Aún recuerdo mi primera despedida viajera. Fue el 2009, estuve viajando con 40 personas por 40 días y 40 noches. Habíamos vivido tantas emociones. Un primer despertar al mundo, un baldazo de multiculturalidad, muchas risas y sobre todo un primer amor. Finalmente, llegó el día que debíamos volver a casa y que ingenuamente nunca lo había sentido llegar. Recuerdo esa noche en un coliseo de colegio en un pueblo al sur de Ecuador, lloraba inconsolablemente. No quería que ese mundo que habíamos creado se acabe. No quería que esa gente con la que me había vinculado deje de ser parte de mi vida. Inevitablemente paso.

Con los años aparecí en Francia en una situación similar, recuerdo que también lloré pero mi mente estaba más cociente de lo que pasaba. Luego me encariñe con una pareja de bolivianos que vivía en Paris y tuve que marcharme a Lyon. La llegada fue dura, a parte que me encontraba en un lugar totalmente ajeno a mí, sentía un vacío inmenso. Y así, durante el viaje fui viviendo despedida tras despedida. Y si bien dejé de llorar me daba una sensación extraña en el pecho. En algún momento estaba cansada de decir adiós, de llegar a un lugar, sentirme extraña, hacer nuevos amigos, un nuevo trabajo, construir un “hogar” (aunque sean dos metros cuadrados), para que justo cuando empezaba a sentirme cómoda tenga que volver a marcharme y empezar todo de nuevo.
Me he despedido de tanta gente, de tantos lugares a lo largo de mi vida que ahora temo volverme un robot insensible. Cuando alguien se va o cuando yo parto ya ni siquiera me esfuerzo en dar un fuerte abrazo. Simplemente, me voy. Digo adiós y no miro atrás. Cada que me enamoro empiezo poniéndole una fecha de caducidad – exactamente en una semana, tres horas y veinte minutos te dejaré de amar- y lo peor es que es exactamente así. En cuanto parto dejo todo atrás. A veces me consuelo ilusamente imaginando que todos somos inmortales y que inevitablemente todos nos volveremos a encontrar algún día, como decía Descartes: “dos inmortales nunca se dicen adiós”.
Me preocupa, porque no quiero ser parte de esta era del desapego. Donde puedes tener al amor de tu vida al lado o a tus padres o a tus amigos y lo único que haces es colgarte en el celular escribiéndote con ausentes. Ahora ya nadie lucha por nada, ni por nadie. Todavía recuerdo las historias de mi papá cuando él era estudiante y peleaba en contra de la dictadura militar en Bolivia. Me contaba, como salían a las calles a marchar, hacían panfletos a mano, leían mucho para poder educar a la sociedad, rescataban libros que iban a ser quemados. Él, como muchos, creía en algo. ¿Ahora qué? Adoramos al Smartphone y veneramos al whatsapp. Antes el amor valía la pena. Cruzaban continentes enteros por el ser amado. Pero ahora, tenemos una pareja, nos enamoramos, se bifurca el camino y salimos huyendo diciendo “todo pasa por algo”, “Talvez no era el destino” bah! Es simple conformismo, pereza. “Si es para mí, la vida nos juntará” pues no, la vida hace lo que puede, se supone que debemos luchar por lo que queremos y por quienes queremos.
Evidentemente, congelar tus emociones te ayuda a vivir sin morirte de amor en el intento. Porque duele, duele mucho, cada vez que tienes que despedirte de tu familia, que tienes que cerrar la puerta de tu departamento, duele perderse un cumpleaños, una boda, duele no estar ahí cuando te necesitan. Duele saber que eres un nómada que ha perdido su libertad por vivir en desapego. Y aunque aún me confunde creo que prefiero sufrir y llorar cada despedida, pero saber que pertenezco.

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 – Sara Faride

Noche de Amor Insomne

Érase una vez dos extraños, él un despreocupado, ella sobre preocupada. Los extraños se miraron entre la multitud. Sus miradas se ataron en la quebrada y su amor se confundió bajo la luz de la luna llena y al ritmo de risas, tambores y fiesta.

Sus egos más inflados que aquella luna no les permitió decir lo que sus miradas gritaban. Y él en lugar de decir “Quédate!” dijo “buen viaje” y ella en lugar de decir “llévame contigo” le respondió “para ti también”.

Ahora por tontos, temerosos y convencionales… los extraños se extrañan cada noche, cada noche de amor insomne.

amor_insomne– Sara Faride

Lecciones de Soledad y Los hermanos Zambrano

Partimos desde Ocumazo en el norte Argentino en busca de los hermanos Zambrano. Si mal no recuerdo tuvimos que caminar 8 horas bajo el sol seco que nos regala la Puna Argentina. Recorrimos montañas con la mochila llena, carpa y víveres (Pocos, pero igual pesaban). Tuvimos que atravesar montañas que al paso se desplomaban. Las pasábamos corriendo y a nuestro andar oíamos las piedras caer al fondo del barranco. Continuamos con poco descanso y tomando chirkan* para engañar al hambre.

En medio del camino solitario vi que se acercaba un hombre mayor, vestido con una pijama gris con dibujos, enteriza y de franela, abarcas y un sombrero de paño. Todo esto, a como cuarenta grados de temperatura. Nos habla apurado y nos dice que “ya nomás volvía”. Continuamos con la interminable caminata por unas horas más en medio del Hornocal. Un paisaje de montañas que tenían no siete ni cien colores,  sino mil tonos tierra, marrones y verduscos, que se dejaban distinguir en cada una de las puntas. Era mágico sentir que mientras caminábamos las recorríamos una a una.El Hornocal

Finalmente, cuando creíamos que íbamos a desfallecer vimos una pequeña casita de adobe en la punta de una montaña, alrededor había un montón de pilas oxidadas regadas y huesos blanquecinos de animales. Ahí vivía uno de los hermanos Zambrano: Fabián, el señor del pijama de franela. Un hombre de 74 años que había vivido solo toda su vida, nunca se casó ni tuvo hijos. Tenía un hermano: Juan de 76 años, quien cuidaba a las ovejas en una cabaña a 3 horas de distancia de Fabián. Ambos se turnaban las casas cada semana Una semana uno cuidaba a las ovejas y el otro cuidaba la cosecha y viceversa. Finalmente, como él aun no llegaba a casa, montamos las carpas. El frio nos penetraba los huesos, la noche caía irremediablemente y no teníamos ni leña, ni agua, ni nada para comer.Fabian Zambrano

Mientras estaba en la carpa tratando de entrar en calor escucho la voz de Fabián, quien venía pasado en vino de cartón. Salí de mi carpa. Fuimos a su casa con algunos de mis compañeros, prendió un fuego y puso agua a calentar. Intentó hacer una sopa con charke y papa seca. No salió bien, y ahí se fue nuestra última esperanza de comer esa noche. Entonces, nos dirigimos a la otra habitación que tenía un aspecto totalmente lúgubre. Dos camas de madera recubiertas con cueros de ovejas, en las paredes habían cinturones viejos, fierros oxidados, mandíbulas de ovejas, carne secando por todas partes, sacos de arroz o fideo y justo al frente de la diminuta puerta de cactus seco, había una mesa pequeña, encima una radio a pilas, un vaso con una vela y algunos papeles. Al lado, una silla en la cual permanecía Fabián. Abrió otra caja de cartón y empezó a hablar.

Fabián, comenzó a contarnos su vida. Relataba “El pedro nos quiere quitar nuestras tierras, pero yo no me voy a dejar” Afanado y acelerado por los efectos del alcohol, continuaba levantando la voz “Un día lo encontré por aquí, y lo enfrenté. Nos agarramos a golpes“. Entonces, interrumpía el relato súbitamente, miraba el reloj que llevaba en la muñeca izquierda, apretaba el botón del costado y se escuchaba una voz femenina, sensual y apaciguadora que decía “Son las 10 horas, 15 minutos, 20 segundos”. Fabián, miraba fijamente el reloj, suspiraba, prendía un cigarrillo y continuaba “la soledad es muy dura” – decía- “no tengo a nadie. Solo a mi hermano. Si él se muere yo ahí mismo me muero con él” y entonces, botaba las cenizas del cigarrillo en su mano, las metía a la boca y se las tragaba, y seguía: “por eso uno toma… mucha soledad, mucha”

Mientras hablaba yo pensaba que lo entendía o eso cría.  Y viajaba a los últimos momentos antes de partir, en mi antiguo departamento. Me veía a mí misma rasguñando las paredes de soledad. Tratando de compensar esa angustia con excesivo trabajo o con fiestas incontrolables, pero siempre… siempre llega el Ocaso De Domingo, como dice un gran amigo. Es ese momento cuando todos se van, tu casa se queda vacía, tienes resaca, y percibes sutilmente que se está acabando el fin de semana, y no tienes más opción que afrontar la caída del sol por la ventana, ver a tu alrededor y escuchar a lo lejos la voz de aquel que solía estar. Abres los ojos, ya es de noche. El vacío aumenta. Tienes la impresión de que la dimensión de tu habitación crece con cada respiración. Te angustias. Te ves a lo lejos sentada sobre tu cama. Sola. Patética. Y el silencio te recuerda todas las batallas que perdiste. De pronto, uno de los chicos me  dice: “ya fue, no vamos a conseguir nada. Está muy borracho ¡vámonos!” y él mismo le dice a Fabián: “bueno Fabián, nos vemos mañana, nos vamos a dormir…” Inmediatamente, el ímpetu con el que Fabián nos contaba su vida fue interrumpido y su sonrisa se desdibujo lentamente ante nosotros, hasta poder ver entre las arrugas de sus parpados sus pequeños ojos vidriosos, nos miraba con tristeza, con una melancolía indescriptible, como niño chiquito y nos dijo con voz suave, temblorosa, casi suplicante: “No… no se vayan”. Fueron segundos en los que vi la soledad materializada. Me quede petrificada frente a él, frente a la soledad en su mayor expresión. Decidí quedarme a escucharlo. Era como sentarse a tomar un trago con el mayor de tus miedos. Primero te intimida, te da lástima, luego te asusta y como esta vez no tienes la opción de salir huyendo, lo confrontas. Lo miras fijamente a los ojos, te llenas de coraje y, es entonces, cuando te das cuenta que siempre le vas a tener miedo.

Yo creía haber sentido soledad algún día, pero nunca se va a comparar a la soledad de la montaña. Donde tu única compañía son la luna, los cactus, el silencio, el cielo infinito, una radio a la que rogamos cada noche que nunca le falte baterías y ese reloj que con tanta elegancia te da las buenas noches. Son las 3 horas, 25 minutos, 7 segundos.

En la casa de Fabian

– Sara Faride

* Escrito en Enero del 2014

*Fotografías cortesía de Subiendo al Sur

La historia de la pelota amarilla

Fueron 40 días de viaje, de aventuras, historias y descubrimiento. Fueron 40 días de los 7600 días que llevo existiendo. Representa aproximadamente el 0,52% de mi vida, parece
insignificante, ya lo sé. Pero ese 0,52% de vida que pasé junto a la Ruta Inka marcaron el
resto. Y sé que al final de mis días cuando tenga que re-ponderar los momentos más
importantes, la Ruta representará un porcentaje muy alto. Porque, un mes después, cuando ya asimilé el volver a casa, el volver a la rutina, ya acepté que no puedo cambiar de ciudad cada dos 2 días. Ahora, cuando recojo algunos frutos, me doy cuenta de lo importante que fue esta experiencia.

No pretendo relatar exactamente lo que paso en los 40 días, porque no me alcanzarían las palabras, ni el tiempo. Pero, aproximadamente a los 20 días de ruta sucedió algo que me hizo entender porque hacemos la ruta Inka y cuál es nuestra misión como ruteros.

Una tarde de domingo, a diferencia de muchas ciudades del mundo, el centro de Quito estaba lleno de personas. Ancianos reunidos en la plaza principal conversando, grupos religiosos que acaparaban la atención de quien pasaba, personas que cantaban en las calles. Niños y adultos disfrutaban de la ciudad. Ahí estábamos nosotros, cinco ruteros: Gustavo (Argentina), Pepe (Chile), Rocío (España), Panchito (Colombia) y, obviamente, yo.

Recorrimos aquellas calles que reflejaban historia. Casas coloniales con flores en los balcones, las Iglesias, algunas calles eran estrechas, podía imaginar que por ahí pasaban carrozas y caballos… y ahora, cabe solo un puñado de personas.

Encontramos una pelota amarilla en un centro de juegos infantiles. Era una pelota común y
corriente de plástico barato y algo desgastado. Inesperadamente Panchito dejó caer la pelota al suelo y con un ligero golpe se la paso a Gustavo. Quien sonriendo se la paso a Rocío, que no pudo atraparla – nunca fue muy hábil – pero, Pepe no podía permitir que se pierda nuestro nuevo juguete, y corrió a atraparla, la pateo con fuerza y sin rumbo. Inmediatamente un total desconocido la atrapó y la volvió a golpear; caminamos por las calles jugando, veíamos como las personas corrían de un extremo a otro para participar pateando nuestra pelota amarilla.

La pelota paso por niños, niñas, señores de corbata, ancianos que se mantenían sentados en la banca de la plaza solo estiraban la pierna para pasarnos la bola, y señoras que parecía que no habían jugado con un balón hace mucho tiempo, las veías correr todas afanadas. Esa pelota amarilla saco sonrisas y transformo un domingo normal.

Por nada más, la llamamos “La pelota de la paz”, logró que individuos que nunca se habían visto antes se integren con un mismo fin. Al igual que la Ruta Inka logró que jóvenes de todo el mundo, totales desconocidos, con diferentes idiomas, ideas, educación,religión, y distinto estilo de vida nos unamos con un único fin, ser embajadores de los pueblos latinoamericanos. En esos momentos es cuando uno se pregunta ¿Cómo algo tan simple puede lograr tanto?

La Ruta Inka nos da la oportunidad de ser una “pelota amarilla” e ir de lugar en lugar tocando corazones y haciendo distinto el día a día. La vida nos da sutiles golpes y el destino nos lleva a lugares que jamás hubiéramos imaginado, y es cuando toca preguntarnos: ¿por qué? Todos tenemos una misión, la Ruta Inka, al igual que muchos proyectos, es simplemente un facilitador de sueños y esperanza.

No pasemos distraídos, si la pelota amarilla nunca hubiera salido de aquel parque infantil, no hubiera podido robar sonrisas a adultos, jóvenes y niños; no hubiera podido unir a completos desconocidos. Si nosotros no nos aventuramos a salir de nuestros hogares, de nuestras ciudades, de nuestra zona de confort, no podremos hacer grandes ni pequeñas cosas, no podremos crecer como individuos, ni como sociedad.

Se estarán preguntando: ¿Dónde está ahora la pelota amarilla?, pero es algo que yo no
puedo responder. La gravedad la llevo a estancarse dentro de un portón y no pudimos
recuperarla. Supongo, que un día alguien abrió la puerta y la levantó, se la dio a alguien
más, probablemente, a un niño. Ese niño jugará y luego la perderá de vista. Nunca
sabremos su destino final, pero si podemos estar seguros de que todas las “pelotas amarillas” del planeta, están acá para contribuir a la sociedad.

*Escrito en Septiembre, 2009

– Sara Faride