Epifanía del Bar Gay

Ya llevaba un buen tiempo viviendo en Montreal y para apaciguar la soledad nómada que me caracteriza me hice amiga de tres franceses. Una chica y dos chicos. Uno de ellos era homosexual y el otro, bueno, el otro aseveraba que era heterosexual e intentaba reafirmarse con un coqueteo forzado, pero nunca dejaba escapar la oportunidad de experimentar con su mismo sexo.

Una noche de fiesta salimos de su hostal y nos dirigimos al Village gay. A mí no me importaba ir a un club gay para nada. Además, me encontraba en una de las ciudades más libres que he visitado. Una ciudad en la que, aparentemente, la gente se puede tomar la libertad de hacer y ser lo que se les ocurra, sin ser presa del cotorreo de vieja que caracteriza a las ciudades pequeñas.

El club tenía cuatro pisos que se diferenciaban por la música. Entré al más tranquilo, ordene un ron con cola, me lo sirvió un hombre vestido con un pantalón de cuero ajustado y el torso oportunamente desnudo. Ruborizada fui a bailar con el resto del grupo.

Mientras bebía mi ron barato movía levemente las caderas y un poco los hombros al ritmo de la música, mantenía la mirada altiva para disimular mi ceguera selectiva pero siempre alerta para no cruzar la mirada con algún ser infrahumano. De pronto, me entró la sensación de ser un completo fantasma, inexistente, estaba en una discoteca llena de hombres y no me sentía desnudada por las miradas, es más, ni siguiera sentía las miradas. Yo estaba lista con el viejo truco de observar el reloj para evitar el contacto visual con seres del espanto, pero en ningún momento me sentí en la necesidad de hacerlo. En mi memoria, estoy casi segura, que en ese momento era capaz de traspasar las paredes y que las personas sentían frio cuando caminaba cerca.

Después de unos pocos segundos de confusión lance un vistazo profundo a la escena. Me percaté que quienes se esforzaban con el movimiento de caderas eran mis dos pequeños y delgados amigos franceses, mientras eran observados por hombres grandes y corpulentos desde la tarima de la derecha y unos asiáticos excéntricos desde el otro lado del salón. Inmediatamente comprendí la dinámica del lugar. Ahí yo no era una presa suculenta para nadie… Por un segundo me sentí desilusionada u ofendida (no estoy segura que sentí), pero inmediatamente después, me di cuenta que era libre de hacer lo que yo quería, sin importar lo que fuera.

Bailar desenfrenadamente, mover las caderas, el cabello, saltar y sonreír sin sentirse acosada, juzgada o sobre observada. Las parejas bailaban conmigo sin ningún prejuicio, yo misma había roto barreras mentales que limitaban mi ser y mi cuerpo. Me sentí libre.  Con las luces oscuras y un montón de hombres en una pequeña tarima circular bailando sensualmente, parejas besándose con pasión en medio de la pista, rodeada por el azul eléctrico mezclado de oscuridad, la oscuridad interrumpida por los relámpagos blancos que enfatizan el efecto del ron, del ron que corría en las manos del mesero y aquel mesero sin camisa que terminaría bailando en la tarima. Lentamente un mundo pasaba ante mis ojos y mi mente se transportaba a mi vida en Bolivia. Cuando pasaba 6 o 7 veces al día por la misma cuadra y el guardia de seguridad que trabajaba en la empresa de al lado de mi casa me silbaba, las 6 o 7 veces al día… to-dos los días; o el señor que vendía herramientas en la tienda al frente de mi oficina que me gritaba: “Ey! Choquita”  todas las mañanas al llegar al trabajo y cuando lo miraba fijamente se daba la vuelta y fingía que no había sido él. No solo me ofendía como mujer sino también insultaba mí inteligencia. Más tarde en mi día tenía que lidiar con el cerdo de mi ex jefe que no perdía la oportunidad para el comentario doble sentido del día, al cual solo me quedaba responder con una mirada de odio y media sonrisa forzada. Sin lugar a duda, no puede faltar el tipo que acaban de presentarte y en lugar de saludarte con el típico beso de mejilla, en el que ni siquiera tienes que tocar a la otra persona solo acercarte un poco y lanzar un beso al aire, no! Para ese ser del infierno eso es poco, esta criatura tiene que acercarse lentamente a ti, pasar su lengua por sus labios y pegar su babosa boca en tu mejilla por una eternidad de segundos.

De pronto, mi memoria me llevo a Montañita – Ecuador, donde podía estar sentada tomando un jugo a las 3 de la tarde y no faltaba el hombre que se acercaba amablemente y me preguntaba si me podía acompañar, antes de que pudiera darle una respuesta, lo siguiente que salía de su boca era: “¿Quieres tener sexo?”. Mi respuesta lógica fue: “mira, llegabas cinco segundos antes y te decía que sí. Pero ahora tengo suficiente pelotudes por un día… pero, oye, mil gracias, me siento súper halagada”

En Francia igual pasa, ¿por qué creen que las mujeres andan con cara de culo en el metro de París? Simple, porque si andas risueña tienes a un hombre que te persigue durante tres cuadras preguntándote tu nombre y luego otras tres más reclamándote porque no quieres decirle tu nombre, “me das miedo imbécil”. Pero, no! Una no le grita eso, simplemente camina más rápido, mirando al piso y buscando un restaurante, café o bar donde refugiarse.

En fin, a estas alturas de la vida creo firmemente que los homosexuales la pasan un millón de veces mejor y me quedo con un solo lugar idílico en mi cabeza, aquel en el que podemos ser libres de hacer lo que queramos sin ser acosadas por seres del espanto.

 – Sarah Faride

Volver

Todavía me queda unos meses para cerrar el año apropiadamente. Sin embargo escribir desde un aeropuerto a pocas horas de tomar ese avión de regreso a casa siempre conlleva nostalgia decorada con el rocío de la melancolía en las altas ventanas del aeropuerto

¿Qué significa volver? ¿Regresar a un lugar conocido siendo una persona totalmente diferente? ¿Esperar con ansias el sazón al que estas tan acostumbrada? ¿Un abrazo? ¿Las charlas profundas con las personas que conocen la fibra más delicada de tu histeria?… “volver” es una palabra que, en realidad, no existe. Podemos regresar o retroceder al lugar- espacio/tiempo- en el que alguna vez nos sentimos a gusto, pero como el tiempo avanza en circulo, a veces en círculos bastante abstractos, nunca volveremos, porque los lugares, las personas y una misma cambian. Si quisieramos volver tendriamos que viajar en el tiempo y aun así, no bastaría, tendríamos que borrar nuestros recuerdos, inmortalizar nuestros cuerpos en un momento de felicidad.

Sin duda regreso diferente, sin esperar nada, con otro enfoque de la vida, con nuevas expectativas, con la mochila más llena que nunca, valorando lo material e inmaterial de lo cotidiano.

El otro día leyendo me preguntaba a mí misma ¿Cuál ha sido el momento en el que me había dado cuenta que no era más una niña? Sin duda puedo nombrar muchos, desde los más obvios como mi primera menstruación hasta alguno  más manufacturado como la vez que me demostré a mí misma ser la mujer fuerte e independiente que siempre quise ser. Pero la realidad es que el cambio ocurrió en estos últimos 10 meses. Con mucho tiempo para pensar, ver al mundo, deferentes culturas, diferentes personas, estilos de vida, trabajos, preocupaciones, paisajes e idiomas.

Aprendí que:

  1. Trabajar sin un objetivo de vida es una pérdida de tiempo
  2. Trabajar es difícil y la gente siempre intentará hacerte menos, humillarte y pagarte poco por una simple razón: PODER
  3. Al amor de tu vida no lo vas a reconocer en los próximos 5 minutos después de haberlo conocido
  4. Los gestos de amor románticos solo quedan bien en las películas
  5. Fingir una adicción para justificar tus errores no es la solución
  6. Una charla con un buen amigo/a vale más que 1000 conversaciones con extraños
  7. Tu familia son las únicas personas que van a estar ahí para despedirte, darte la bienvenido y apoyarte cuantas veces sean necesario.
  8. Las personas viven en un círculo vicioso de trabajo y consumo al que inevitablemente vas a entrar algún día
  9. Pagar tus cuentas haciendo algo que te gusta es lo más complicado de lograr. Pero siempre estará la opción de mandar todo a la mierda, ser feliz, encontrarte nuevamente y volver a la lucha.

*Pero todo esto se entenderá mejor con las siguientes entradas del blog.

– Sara Faride

El hostal de Locos – Barcelona

4:10 am, mi brazo derecho recostado sobre el mostrador de la recepción, el izquierdo apoyaba el codo para poder sostener el peso de mi cabeza al mismo tiempo que la palma de mi mano deformaba mi rostro y mi dedo meñique jugaba con el labio superior de mi boca, mientras mantenía una conversación banal con el argentino que atendía el hostal, esas charlas aleatorias que uno tiene cuando está haciendo hora y en efecto, estaba haciendo hora. Al costado derecho había un televisor antiguo pequeño, de color crema-vainilla combinado con café y en la pantalla se podía ver el corredor del piso de arriba en blanco y negro con una ligera interferencia en la imagen que le daba la sensación de movimiento. De repente, cuando la conversación no podía ponerse más aburrida, volteo la mirada hacia el televisor y veo a un hombre alto y delgado con la piel pegada a sus costillas, el estómago metido, la barba larga y despeinada paseándose por el tétrico pasillo. No pudimos articular palabra alguna solo nos acercamos más a la pantalla, mientras se escuchaba el silencio acentuado por el girar del ventilador del techo. El hombre gris de ojeras prominentes se acercaba arrastrando los pies, con las manos colgando en un vaivén sosegado. Lentamente, llega al frente de la pantalla con la mirada pegada al piso y su funesto cuerpo desafiando nuestro voyerismo, nos absorbe una tensa calma, estábamos casi pegados a ese televisor, el hombre levanta la mirada súbitamente, nos sonríe y antes de que podamos reaccionar, se baja los pantalones. Con la boca abierta y la mirada fija en aquel cuadro sacado de una película de Hitchcock nos alejamos suavemente y observamos el deambular de aquel muerto viviente.

La última noche que pasé en Barcelona fue una de las más bizarras que jamás podría imaginar. Todo empezó a eso de las 21 horas, volvíamos al hostal después de haber despedido al resto de ruteros. Rocío se encontraba enferma, Vitor cansado por la jornada y yo estaba ahí, siendo yo. Los tres sentados en el comedor, hastiados de nuestra propia existencia, reíamos absurdamente con cualquier balbuceo. Observando nuestro tedio, el argentino nos ofreció una gama de licores exóticos que los huéspedes habían olvidado y/o dejado alguna vez, teníamos un vino tan añejo que pasaba por vinagre, una mitad de algo que nunca logramos descifrar, un cuarto de licor de menta que no se movía por más fuerte que lo agitemos y una botella casi llena del famoso Licor del Mono, un anisado asqueroso que ha Roció le traía recuerdo a cuando tenía 5 años y curiosa por probar las bebidas de los adultos se escondía en el trinchero de su abuela y todos los días alrededor de las 5 de la tarde se tomaba un sorbo del Licor del Mono. Gracias a esa historia siempre he pensado que era una bebida de abuela.

En fin, al no tener alternativas nos bebimos el Licor del Mono, mientras el anisado hacia efecto nosotros reíamos y recordábamos nuestras hazañas, al pasar las horas nos percatamos que el Griego hermoso con mirada de asesino en serie que nos topábamos todas las mañanas al salir del baño, estaba mirándonos fijamente desde la esquina más oscura del salón. Limpiando con un paño, según lo que recuerdo, un cuchillo de carnicero, pero estoy segura que era una guitarra, una armónica o algo así.  Alrededor de la 12 am salimos a explorar la ciudad y así de paso escapábamos de la mirada escalofriante del griego, que bastaba con tropezar con él una vez al día, aunque sea oportunamente al salir de la ducha. Para ese momento yo ya me había fijado la meta de no dormir aquella noche, ya que a las 6 am tenía que estar en el aeropuerto para tomar mi vuelo de regreso a Lyon.

Caminamos por las frías calles del barrio Gótico hasta que encontramos un bar, nos dirigimos al sótano con una jarra de cerveza y soñamos muchos de los proyectos que ahora se están realizando. Al salir, las calles estaban más frías, más vacías y más silenciosas que nunca. Con el abrigo hasta las orejas y las manos en los bolsillos serpenteábamos hasta el hostal. En el camino nos encontramos con un grupo de jovenzuelos más alcoholizados que nosotros, la mayoría eran ingleses y gritaban por las calles quitándole el misterio al Barrio Gótico, lo cual hizo que nos separemos y sigamos con nuestra melancolía premeditada.

Cuando llegamos al hostal, Vitor se marchó a su casa y Rocio decidió ir a dormir a nuestra habitación compartida con otras 6 personas, literas que simulaban un poco de intimidad con unas cortinas de tela que a contra luz se veía la silueta de lo que querías imaginar y con el aire acondicionado estratégicamente colocado en “extra frio” ya que te cobraban por cada frazada adicional que solicitabas. Entonces, tenías 3 opciones: uno, que el tipo de cabeza rapada y cara de loco que dormía en la cama aledaña a quien veías todas las noches a través de la delgada tela de la intimidad limpiando lo que parecia ser un rifle te mate mientras duermes; dos, morir de hipotermia por el aire acondicionado mal intencionado; o tres, ser optimista, pensar que el loco rapado no te va a matar y pagar extra para no correr el riesgo de morir congelado.

Esa noche decidí no tomar ninguna de las opciones y optar por una cuarta: No pagar extra por la farsa de las frazadas, evitar los ruidos extraños del loco rapado, arriesgarme a ver al griego espeluznante hermoso a altas horas de la madrugada y conversar con el cargoso del argentino para no perder mi vuelo porque me había quedado dormida, otra vez.

Así, a las 4:45 am estaba viendo a un viejo demacrado pasearse desnudo por el pasillo mostrando sus piernas huesudas y su pesarosa intimidad. Antes de que los usuales pensamientos de replantear mi vida lleguen a mi cabeza, escucho al grupo de jovenzuelos que habíamos encontrado más temprano llegar con risas ensordecedoras y con el ajetreo que provoca el alcohol. Sin darnos tiempo para reaccionar, los vemos subiendo las escaleras y en lugar de correr a detenerlos, hicimos lo más lógico, volvimos nuestras cabezas al televisor para ver sus reacciones, se escuchaban los gritos y por la pantalla se veía a las chicas correr como escapando de un muerto.

Me tiro al sillón a reír por la rareza de la escena y en medio del alboroto del hostal de locos veo bajar a un hombre mayor, grande, corpulento, cabeza blanca, barba también blanca, larga y tupida. Se sienta a mi lado interrumpiendo mis carcajadas.

Tenía la mirada fija hacia la puerta de salida y no decía nada. Yo estaba incomoda porque parecía que quería hablarme pero no encontraba forma de iniciar una conversación.

  • En unas horas vuelvo a casa – dice sin quitar la mirada de la puerta.
  • Ah! Qué bueno – le contesto aun incomoda – ¿hace cuánto tiempo que no vuelve?
  • cinco años – responde – cinco años viajando por todo el mundo
  • ¡Que increíble! yo siempre he pensado que quiero hacer algo así… dar la vuelta al mundo.
  • Mañana llegaré a Nueva York y volveré a ver a mi hija.
  • ¿Hace cinco años que no la ve?
  • Sí – balbucea –  en realidad no. No la veo hace mucho tiempo. Estábamos enojados antes de mi partida. Pero quiero verla… aunque no sé cómo me reciba. No tengo nada allá, cuando me fui lo deje todo, incluyéndola a ella… ya tiene una hija – sonrie – soy abuelo. Al llegar, primero tendré que ir donde unos amigos, me quedaré en su casa rodante, descansaré y luego iré a verla –afirma con la cabeza en señal de aprobar su propio plan – ya vuelvo – se levanta y se va.

Pasan unos minutos y vuelve a bajar por las escaleras. Esta vez, está recién bañado, lleva una chaqueta envejecida por el uso pero de estilo clásico, pantalón de vestir, esta rasurado, el cabello recortado, muy pulcro, con un peinado hacia atrás y vuelve a sentarse junto a mí.

  • ¿Está listo? – Le digo
  • No – una ligera sonrisa de ansiedad se distingue en su rostro- estoy nervioso
  • Debe ser duro volver
  • Siempre es duro, pero lo mejor de irse es volver
  • – Lo mire a los ojos por primera vez y le pregunto – ¿Qué se siente dar la vuelta al mundo?
  • Es maravilloso, el mundo es mágico… pase mucho tiempo en Egipto y las pirámides nunca dejaron de sorprenderme
  • Sabe… Estoy en un momento complicado, siempre he querido dar la vuelta al mundo, pero ahora que he salido de mi casa por una larga temporada por primera vez, me doy cuenta que es difícil partir, dejar lo que construiste para empezar de nuevo y de nuevo y de nuevo… y encima acabo de terminar una relación y… – Me interrumpe.
  • y… esa es la vida!!! No le veo complicación
  • Pero… dígame ¿vale la pena? ¿Vale la pena dejarlo todo?
  • Mira, he recorrido el mundo entero, he trabajado de todo, he conocido a mucha gente, he vivido y sí, ha valido la pena. Pero mientras más pasa el tiempo me doy cuenta que mis ojos ya han visto demasiado y se han cansado, yo me he cansado, ahora pienso que mi alma necesita más, necesito verlo todo de nuevo pero a través de otros ojos – Antes de que pueda responderle continua – No te preocupes tanto, simplemente Haz lo que te haga feliz.

Inmediatamente se levantó, puso su mano sobre mi mejilla, sonrió hasta casi cerrar sus ojos, se arregló la chaqueta, tomo la pequeña maleta que llevaba y salió por aquella puerta. Me quede quieta mirando su partida, como si fuera yo quien sale por esa puerta dentro de 40 años… y recuerdo que debo estar en el aeropuerto en 10 minutos, voy a buscar la mochila apurada, bajando las escaleras escucho gritos de nuevo, el argentino me hace a un lado bruscamente para subir y yo bajo corriendo para ver el televisor, me quedo sonriente y placida observando al viejo desnudo correteando a las huéspedes gringas mientras el argentino trata de cubrirlo con una de sus frazadas.

– Sara Faride

 

Amores pasajeros: La decisión

Hace un par de días estaba en un bar en Edmunston junto a una compañera de trabajo. Estábamos tomando nuestra última cerveza en el típico bar de pueblo gringo y en medio de los variados temas que abordamos las mujeres en una conversación (detectar sarcasmo), empezamos a hablar de amores, desamores y viajes. Lo cual me llevo a escribir este post, porque el amor es un tema bastante complicado cuando te caracterizas por ser una nómada. Porque la persona que está contigo tiene que lidiar constantemente con la idea de que en cualquier momento te vas a ir, pase lo que pase, te vas a marchar y por si fuera poco le vas a exigir que se sienta dichoso pensando que si te ama de verdad te dejará libre.

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En mi vida tuve dos grandes amores, los vamos a llamar UNO y DOS, para no complicarnos. A mis diecisiete años conocí a mi primer amor, Uno. Me enamoré perdidamente de él y aunque aparente ser una mujer muy fuerte e independiente seamos honestos no lo soy. Soy una marica, romántica, cariñosa, me enamoro súper rápido y a veces paso de patética leyendo libros como “Ama y no sufras” en un café hípster en el centro de la ciudad. En fin, después de entrar a la universidad y haber pasado un año y medio de amor profundo decidí hacer mi primer viaje sola. A Uno no le gustó nada la idea y terminamos. Cuando regresé no pasó mucho tiempo para que volvamos a estar juntos. Pasamos un año más, yo esforzándome por fingir ser alguien que no soy y él esforzándose por retenerme, obviamente, ninguno de los dos logramos nuestro objetivo y al poco tiempo volví a partir. La relación no duró mucho. Al volver, una parte de mi sabía que estaba perdiendo al hombre de mi vida, pero no podía  conmigo misma, existía algo más fuerte que me insistía desde lo más profundo que lo deje. Finalmente logramos dejarnos ir consientes que era lo mejor.

En los próximos meses conocí a mi segundo amor, Dos. Lo conocí en un bar y empezamos a salir interrumpiendo “la etapa de duelo”. Esa etapa en la que aceptas que se acabó, que terminaste esa relación larga, que esta vez no volverás atrás, estas aprendiendo a estar solo y redescubres tus gustos sin ser influenciado por la opinión de alguien más; esa etapa en la que debes estar solo, sin importar nada, debes aprender a estar solo, pero como esa etapa es terriblemente difícil y abrumadora, por lo general lo que haces es refugiarte en los brazos del primer idiota que se te cruza. Bueno para no hacerlo mejor lo hice así- detectar más sarcasmo- me enamoré rapidito, me enamoré hasta las patas, me encandiló y enloquecí por él, y sin darme cuenta, a los pocos meses estaba aceptando casarme con él, imaginando una casa, un perro, y construyendo una vida que no tenía el más mínimo sentido– oh por Dios, solo de acordarme me da nauseas –. En fin, confío en que la vida es muy sabía, al poco tiempo decidí mudarme a Cochabamba. Había encontrado un trabajo, empezaba un diplomado  y él vivía ahí.

Recuerdo bien esa noche, había alistado mi maleta floreada que me regaló mi madre la navidad pasada, puse todo lo necesario; solo me quedaba contar los minutos para que el sol se oculte entre las montañas y llegue la hora de tomar ese avión. Sentada en frente de la ventana, esperaba que oscurezca. Parecía que el sol nunca se escondería y que nunca iba a llegar la hora; daba una vuelta, me miraba al espejo, retocaba el delineador de mis ojos, volvía a la ventana, el tiempo no pasaba. Era la típica ansiedad que sientes cuando sabes que estás dando un paso importante en tu vida. Volvía al espejo, ensayaba algunas posibles conversaciones que tendría al llegar y volvía a mirar la ventana. Se sentía alcanzar el ocaso, el cielo se ponía gris, las montañas se iluminaban cuando el sol pasaba por detrás y la brisa helada penetraba las infinitas capas de ropa que protegían la vulnerabilidad de mi cuerpo. La espera siempre parece eterna, pero solo habían pasado cinco minutos. Finalmente, veo el reloj y había llegado el momento de partir, estaba a punto de coger la maleta y suena mi celular; me detengo y veo un correo nuevo, lo abro y… ¡voila!

Algunos meses atrás cuando Dos no existía en mi vida, había postulado a una beca en Francia, como no habían respondido la daba por perdida. Pero en ese preciso momento entre coger mi maleta y tomar el avión, llega un mensaje de aceptación para la beca, 9 meses en Francia. Momentos decisivos de la vida: ¿tomo ese avión y vivo en Cochabamba junto a lo que parecía ser amor o me voy a Francia y continúo siendo la persona que deja?

¿Qué hice? Tomé ese avión.  Deben estar pensando “pero que pelotuda”. Sí, un poco, no lo voy a negar, pero era justo lo que necesitaba hacer en ese momento.

Volvamos atrás por unos segundos. Cuando la relación con Uno no funcionó lo primero que pensé fue que era mi culpa. No funcionó por mí, porque no supe elegirlo a él por encima del deseo de aventura, porque no puedo evitar ser una nómada, porque fui egoísta y nos habíamos herido tanto por mi irremediable deseo de partir  y me repetía continuamente: “quien va a querer estar con una persona que sabes que se va a ir, que te va a dejar y que en lo único que es constante es en su inconstancia”. Por eso decidí subir a ese avión y rechazar la beca. No voy a decir que fue la peor decisión de mi vida, porque no lo fue, pero sí puedo decir que fue la persona equivocada, pero eso lo supe muchos meses después.

Pensaba ilusamente que ya había superado la etapa de “viajera”, repitiéndome a mí misma: es hora de que sientes cabeza, hagas algo con tu vida, es hora de que demuestres que no siempre vas a ser quién deja, que también eres capaz de renunciar a lo que eres por quien amas. Estoy segura de que todo pasa por algo en la vida, o por lo menos es lo que decimos para consolarnos cuando sucede algo para lo que no estábamos preparados pero al final todo sale mejor. Sin duda si me hubiera ido y hubiera vuelto a ser quien deja y no me hubiera probado a mí misma que también puedo saber quedarme, ahora seguiría pensando que continuo partiendo por circunstancia y no por decisión, no estaría tan segura de lo que soy y no sabría que las decisiones grandes no se toman en cinco minutos, ni tampoco sabría que hay que saber renunciar a cosas pero nunca a quien eres y hay que renunciar por quien lo valga porque, al final, lo difícil no es renunciar, lo difícil es encontrar a esa persona que lo valga.

– Sara Faride

Keep Calm & viaja bonito

Llegas a una ciudad, es de madrugada, pero aún sigue lo suficientemente oscuro para poder ver las luces que encandilan tu llegada. Respiras por primera vez su aire y piensas en todo lo que tiene para ofrecer. Playa, bares, museos, gente, idiomas, fiestas, calles, historia… y solo de recordar lo efímeros que son los momentos, los lugares y las personas, te agobia la sensación de que nunca tendrás tiempo suficiente.

Entonces, sin dormir sales a conocer la ciudad, ves las artesanías, te encuentras con algunos amigos, comes algo suculento, das otra vuelta, visitas un museo y encuentras a más amigos, te invitan a un bar, sales, te tomas una cerveza, luego van a la discoteca, bailas, bailas, bailas, conoces más gente, aprendes nuevos pasos, tomas bebidas típicas, te comes una hamburguesa de la calle, vas a ver la luna a la playa, tomas otra cerveza, hay gente tocando tambores y bailas, bailas, bailar, ya está el amanecer, el mar es hermoso y conoces más gente, te tomas otra cerveza y de repente son las 7 de la mañana, no puedes cerrar los ojos y te das cuenta que no has parado como en tres días. Por eso siempre hay que recordar…

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Y es que,  cuando llegas a un lugar por un mes, una semana o un par de días quieres conocer todo, vivir todo, tener “the full experience”, pero nunca vas a tener el tiempo suficiente. Y si lo intentas hacer, el viaje va a ser lo más estresante que has hecho en tu vida. No puedes pasarte 24/7 de fiesta, ni comerte todos deliciosos platillos sin terminar con una indigestión delirante, ni hablar con todo el mundo sin sobre cargar tu cerebro. Necesitas relajarte. Por eso, algo que aprendí en los viajes es a respetar a mi cuerpo, a mi mente, mi espacio y mis momentos. Es decir, estoy en Cartagena de Indias, hay rumba por todo lado, conozco a  gente buena onda en el hostal, quieren beber ron y bailar salsa, bachata, vallenato, champeta, chucuchucu y más… la noche se pinta espectacular, pero estoy cansada, acabo llegar de viaje y he tenido sobre cargas emocionales entre despedidas y el Skype con mamá; lo único que quiero en este momento es quedarme a pasar el rato en el hostal, tirarme en la cama, ver videos estúpidos en youtube, escribir un rato y dormir, porque aunque la noche parezca genial y sabes que estás ahí por poco tiempo,  necesitas respetarte, tomarte tu tiempo, como si estuvieras en casa.

Cuando haces un viaje de 10 días… dale!!! Metele!!!! Excédete!!! proba de todo, fiestea todas las noches y emborráchate sin pensar en la resaca. Pero si vas a viajar 3, 4, 6 o 12 meses, no puedes hacerlo… porque ya no estas tomando unas vacaciones, estás haciendo del viaje un estilo de vida.

Si te pierdes una fiesta o una charla, no es tan grave; o un museo, tampoco… van a haber más. Es más importante disfrutar los momentos, vivir historias y viajar tranquilo. Tomarte el tiempo suficiente para asimilar la información, las emociones, para disfrutar un atardecer, lavar tu ropa, dormir bien y cocinarte algo rico. Por más que veas la décima parte de lo que deberías ver según el “circuito turístico” que te han impuesto, lo habrás disfrutado al máximo, y no solo habrás estado en “lugares” y te habrás sacado un millón de selfies para el Facebook, sino tendrás mil historias que contar, habrás reafirmado tus ideas e, inevitablemente, te habrás sentido un poquito más grande.

Por eso durante el viaje recuerden viajeros y viajeras Keep Calm and viaja Bonito… pero sobre todo ¡!!JUST KEEP CALM!!!!

– Sara Faride

Los hermanos Zambrano Parte II: Hasta cagarse de miedo

Ya llevábamos un par de días donde Fabián. Después de que se le paso la borrachera, estaba muy contento de tener un poco de compañía, la solitaria montaña se había llenado de carpas, risas, discusiones y escándalos. El primer día, nos dejó solos en su casa… grave error. Nos encontrábamos en medio del inhóspito monte del Hornocal y no teníamos nada para comer (Bueno, nada que no necesite excesivo esfuerzo para prepararlo). Entonces, nos organizamos y decidimos que algunos harían pan, otros buscarían agua y otros traerían leña.

Pasaban las horas y no lográbamos nada, la angustia aumentaba minuto a minuto, sin mencionar que las mujeres nos retroalimentábamos la paranoia. En medio de la desesperación sacamos todas las herramientas de Fabián (picos, machete, pala, baldes, etc.). Evidentemente, teníamos muy poca experiencia de su uso correcto, por lo que terminamos por romperlas y como si fuera poco las dejamos tiradas por todo lado. Que puedo decir para excusarnos; entramos en pánico, eso es todo. Después, quisimos prender el horno de barro, estábamos a punto de lograrlo, viendo arder la leña dentro y de repente se ve fuego por todas partes. Sí, le quemamos el horno, específicamente, YO le queme el horno a Fabián… seamos realistas yo nunca había estado en situación semejante en mi vida. Deberían dar gracias que nadie haya salido herido o que no le terminé quemando la casa entera. Además, yo que iba a saber que había que quitarle el sombrero de paja antes de encenderlo.

Después de toda la crisis, las chicas lograron hacer pan, lo pusieron en una lata que parecía una fuente, lo cocinaron y comimos como en casa. Estábamos contentos, a pesar de todo lo habíamos logrado. Hasta que llego Fabián. Vio todo el desastre que habíamos hecho, su sola mirada hacía que la culpa nos atraviese la boca del estómago. Encima, en cuanto llega, lo primero que pregunta es – ¿para qué habíamos sacado esa lata?… si él la utiliza para bañarse. Siguiente escena: Mirada desconcertada seguida de suspiro colectivo.

Honestamente, nos había dejado solos 4 horas y le habíamos destruido la casa entera. Nos sentíamos mal con él y con nosotros mismos. La verdad es que fuera de nuestro confort citadino éramos unos completos inútiles. En fin, al día siguiente, tratamos de sanar nuestra conciencia ayudándolo a regar el sembradío, valga remarcar que terminamos haciendo otro desastre. Fabián nos tenía mucha paciencia, nos enseñaba, reía con nosotros y compartía sus saberes.

Más tarde nos invitó a ir donde su hermano Juan quien vivía a 1 o 2 horas de caminata en otra montaña. Salimos casi de noche y por más que lo intentábamos no podíamos seguir el ritmo de Fabián, lo cual retrasó al grupo. El camino se empezó a poner peligro, subíamos cerros que se despeñaban, a cada paso que dábamos sentíamos que nos resbalábamos al precipicio y había partes en las que debíamos pasar corriendo, sino caíamos sin más remedio.

De repente empezó a bajar la noche y aun estábamos lejos. Fabián nos decía que no nos preocupemos tendríamos la luz de la luna llena. Continuamos caminando durante horas y aun así no llegábamos, ya estaba completamente oscuro. Y la luz de luna llena prometida estaba oculta tras las espesas nubes. Entonces decidimos caminar pegados. Íbamos Fabián, Ale, yo, el resto del grupo y al final estaba una compañera chilena (no daré su nombre, por respeto). Ella la pasó mal casi toda la caminata, pero nunca desistió y lucho junto a todos poniéndole buena energía a cada momento. Caminamos uno detrás de otro, siguiendo los pasos del de adelante porque la mitad del grupo no contaba con una linterna.

La caminata en sí era peligrosa y complicada, si le sumamos la oscuridad y la esquizofrenia colectiva, teníamos el show completo. Durante la caminata Fabián nos contaba historias y leyendas de la montaña, al principio eran entretenidas, pero en cuanto empezó a decir que el Churki (el puma) vivía ahí y que salía por la noche a cazar, y miras a tu alrededor; todo está oscuro y silencioso, y empiezas a sentirte absolutamente vulnerable… lógicamente dejas de disfrutar cualquier historia.

Se sentía la tensión, el miedo, la concentración para no dar un paso equivocado, se escuchaban llantos contenidos, respiraciones resquebrajadas, yo solo pensaba: “Quién mierda me manda a meterme en esto, mañana mismo llamo un taxi y me voy a mi casa”.

De pronto tenemos una piedra inmensa con una inclinación de 90 grados, nos dicen: “pasen rápido y erguidos para no caer”. Nos preparamos. Listos y ahí vamos. Fabián avanza, lo seguimos, aceleramos el paso, casi corriendo y súbitamente…

se detiene.

Fabián se detiene a contarnos otra historia en medio de la roca.

Pies firmes,

inclinación exacta,

manos cual garras en cualquier superficie,

gota de sudor,

corazón en la boca,

traga saliva,

y grito colectivo: “¡¡¡Fabiiiiaaaaann, Avance, avance!!!”

Fabián se ríe y continúa.

Mientras me reponía del susto escucho que nos dice “mortales”. En ese momento pensé: “sí, si… somos simples mortales”. Horas después Ale me aclaró que Fabián se refería al camino, diciendo: “mortal (espacio) es”. Gracias a Dios mi inocencia selectiva me salvo de un posible paro cardiaco.

Finalmente, escuchamos ladrar a los perros de juan y supimos que habíamos llegado. El alma volvía al cuerpo, empezó a lloviznar, veníamos corriendo para cubrirnos y como las gotas de lluvia llegábamos uno a uno a empaparnos de emoción. Nos abrazábamos, gritábamos, festejábamos estar vivos. De pronto, nos damos cuenta que aún no había llegado la compañera Chilena. Sabíamos que le costaba mucho las caminatas así que empezamos a preocuparnos, todos preguntaban ¿Dónde está Fran? (ups!). En cuanto estábamos saliendo a buscarla la vemos llegar medio que cojeando pero apurada, con cara de preocupación y antes de que pudiéramos hacer algo, tira la mochila al suelo, se baja el pantalón y se pierde en una pequeña loma. Se escucha gritar a lo lejos “¡joder! Alguien pásele papel que se cagó de miedo”

Fue una experiencia de terror y aunque suene vulgar, la mejor descripción que le puedo dar es que fue un momento para “cagarse de miedo”, pero la emoción que se sentía al llegar es indescriptible. Las rocas te envolvían en su grandeza, la noche cautivaba, las montañas se veían dibujadas en la oscuridad, había una pequeña casita de adobe con techo de paja en el medio, una piedra que servía de sofá, otra de plato, y una de cama para recostarse a ver la inmensidad del universo. Justo ahí, Víctor, Ale y yo nos abrazamos para protegernos del frio y ante nuestros ojos la luna llena salió de entre el contorno de las montañas, las espesas nubes se abrieron para darle paso a su grandeza y un aro de luz difuminado se formó a su alrededor.

En ese momento me di cuenta que existe el destino, cuando las nubes te cuentan historias, moviéndose al unísono de las palpitaciones de tu corazón; 72 palpitaciones por minuto que te susurran al oído: Estás vivo, estás vivo, estas vivo…. 72 veces estás vivo. Me llene de magia, no me cambiaba por nadie, ya ni siquiera consideraba como opción llamar un taxi e irme a casa. Ese momento: segundos de inmensidad, de sentir que el universo te envuelve, que el viento te acaricia, que eres infinitamente pequeño como para poseer algo, pero tan grande como para dejar que ese algo te posea. Ese instante, suspiro lentamente, justo antes de escuchar el estruendoso grito a cenar y me digo a mi misma “vale la pena”.

– Sara Faride

El desapego del viajero

A lo largo de nuestra vida vamos enfrentando diferentes despedidas. Amigos que se van, algún familiar que fallece, los duelos simbólicos a los amantes pasajeros, las mascotas que por ley universal deben vivir menos que nosotros o el adiós a aquellas personas con las que solíamos ser tan unidos y un día se dan cuenta que ya no tienen nada en común. Como viajero este sentimiento se magnifica, al doble, al triple, más. Ya que cada cierto tiempo cambias de ciudad, de amigos, de trabajo, de pasatiempos, de amor.

Aún recuerdo mi primera despedida viajera. Fue el 2009, estuve viajando con 40 personas por 40 días y 40 noches. Habíamos vivido tantas emociones. Un primer despertar al mundo, un baldazo de multiculturalidad, muchas risas y sobre todo un primer amor. Finalmente, llegó el día que debíamos volver a casa y que ingenuamente nunca lo había sentido llegar. Recuerdo esa noche en un coliseo de colegio en un pueblo al sur de Ecuador, lloraba inconsolablemente. No quería que ese mundo que habíamos creado se acabe. No quería que esa gente con la que me había vinculado deje de ser parte de mi vida. Inevitablemente paso.

Con los años aparecí en Francia en una situación similar, recuerdo que también lloré pero mi mente estaba más cociente de lo que pasaba. Luego me encariñe con una pareja de bolivianos que vivía en Paris y tuve que marcharme a Lyon. La llegada fue dura, a parte que me encontraba en un lugar totalmente ajeno a mí, sentía un vacío inmenso. Y así, durante el viaje fui viviendo despedida tras despedida. Y si bien dejé de llorar me daba una sensación extraña en el pecho. En algún momento estaba cansada de decir adiós, de llegar a un lugar, sentirme extraña, hacer nuevos amigos, un nuevo trabajo, construir un “hogar” (aunque sean dos metros cuadrados), para que justo cuando empezaba a sentirme cómoda tenga que volver a marcharme y empezar todo de nuevo.
Me he despedido de tanta gente, de tantos lugares a lo largo de mi vida que ahora temo volverme un robot insensible. Cuando alguien se va o cuando yo parto ya ni siquiera me esfuerzo en dar un fuerte abrazo. Simplemente, me voy. Digo adiós y no miro atrás. Cada que me enamoro empiezo poniéndole una fecha de caducidad – exactamente en una semana, tres horas y veinte minutos te dejaré de amar- y lo peor es que es exactamente así. En cuanto parto dejo todo atrás. A veces me consuelo ilusamente imaginando que todos somos inmortales y que inevitablemente todos nos volveremos a encontrar algún día, como decía Descartes: “dos inmortales nunca se dicen adiós”.
Me preocupa, porque no quiero ser parte de esta era del desapego. Donde puedes tener al amor de tu vida al lado o a tus padres o a tus amigos y lo único que haces es colgarte en el celular escribiéndote con ausentes. Ahora ya nadie lucha por nada, ni por nadie. Todavía recuerdo las historias de mi papá cuando él era estudiante y peleaba en contra de la dictadura militar en Bolivia. Me contaba, como salían a las calles a marchar, hacían panfletos a mano, leían mucho para poder educar a la sociedad, rescataban libros que iban a ser quemados. Él, como muchos, creía en algo. ¿Ahora qué? Adoramos al Smartphone y veneramos al whatsapp. Antes el amor valía la pena. Cruzaban continentes enteros por el ser amado. Pero ahora, tenemos una pareja, nos enamoramos, se bifurca el camino y salimos huyendo diciendo “todo pasa por algo”, “Talvez no era el destino” bah! Es simple conformismo, pereza. “Si es para mí, la vida nos juntará” pues no, la vida hace lo que puede, se supone que debemos luchar por lo que queremos y por quienes queremos.
Evidentemente, congelar tus emociones te ayuda a vivir sin morirte de amor en el intento. Porque duele, duele mucho, cada vez que tienes que despedirte de tu familia, que tienes que cerrar la puerta de tu departamento, duele perderse un cumpleaños, una boda, duele no estar ahí cuando te necesitan. Duele saber que eres un nómada que ha perdido su libertad por vivir en desapego. Y aunque aún me confunde creo que prefiero sufrir y llorar cada despedida, pero saber que pertenezco.

soledad

 – Sara Faride

Lecciones de Soledad y Los hermanos Zambrano

Partimos desde Ocumazo en el norte Argentino en busca de los hermanos Zambrano. Si mal no recuerdo tuvimos que caminar 8 horas bajo el sol seco que nos regala la Puna Argentina. Recorrimos montañas con la mochila llena, carpa y víveres (Pocos, pero igual pesaban). Tuvimos que atravesar montañas que al paso se desplomaban. Las pasábamos corriendo y a nuestro andar oíamos las piedras caer al fondo del barranco. Continuamos con poco descanso y tomando chirkan* para engañar al hambre.

En medio del camino solitario vi que se acercaba un hombre mayor, vestido con una pijama gris con dibujos, enteriza y de franela, abarcas y un sombrero de paño. Todo esto, a como cuarenta grados de temperatura. Nos habla apurado y nos dice que “ya nomás volvía”. Continuamos con la interminable caminata por unas horas más en medio del Hornocal. Un paisaje de montañas que tenían no siete ni cien colores,  sino mil tonos tierra, marrones y verduscos, que se dejaban distinguir en cada una de las puntas. Era mágico sentir que mientras caminábamos las recorríamos una a una.El Hornocal

Finalmente, cuando creíamos que íbamos a desfallecer vimos una pequeña casita de adobe en la punta de una montaña, alrededor había un montón de pilas oxidadas regadas y huesos blanquecinos de animales. Ahí vivía uno de los hermanos Zambrano: Fabián, el señor del pijama de franela. Un hombre de 74 años que había vivido solo toda su vida, nunca se casó ni tuvo hijos. Tenía un hermano: Juan de 76 años, quien cuidaba a las ovejas en una cabaña a 3 horas de distancia de Fabián. Ambos se turnaban las casas cada semana Una semana uno cuidaba a las ovejas y el otro cuidaba la cosecha y viceversa. Finalmente, como él aun no llegaba a casa, montamos las carpas. El frio nos penetraba los huesos, la noche caía irremediablemente y no teníamos ni leña, ni agua, ni nada para comer.Fabian Zambrano

Mientras estaba en la carpa tratando de entrar en calor escucho la voz de Fabián, quien venía pasado en vino de cartón. Salí de mi carpa. Fuimos a su casa con algunos de mis compañeros, prendió un fuego y puso agua a calentar. Intentó hacer una sopa con charke y papa seca. No salió bien, y ahí se fue nuestra última esperanza de comer esa noche. Entonces, nos dirigimos a la otra habitación que tenía un aspecto totalmente lúgubre. Dos camas de madera recubiertas con cueros de ovejas, en las paredes habían cinturones viejos, fierros oxidados, mandíbulas de ovejas, carne secando por todas partes, sacos de arroz o fideo y justo al frente de la diminuta puerta de cactus seco, había una mesa pequeña, encima una radio a pilas, un vaso con una vela y algunos papeles. Al lado, una silla en la cual permanecía Fabián. Abrió otra caja de cartón y empezó a hablar.

Fabián, comenzó a contarnos su vida. Relataba “El pedro nos quiere quitar nuestras tierras, pero yo no me voy a dejar” Afanado y acelerado por los efectos del alcohol, continuaba levantando la voz “Un día lo encontré por aquí, y lo enfrenté. Nos agarramos a golpes“. Entonces, interrumpía el relato súbitamente, miraba el reloj que llevaba en la muñeca izquierda, apretaba el botón del costado y se escuchaba una voz femenina, sensual y apaciguadora que decía “Son las 10 horas, 15 minutos, 20 segundos”. Fabián, miraba fijamente el reloj, suspiraba, prendía un cigarrillo y continuaba “la soledad es muy dura” – decía- “no tengo a nadie. Solo a mi hermano. Si él se muere yo ahí mismo me muero con él” y entonces, botaba las cenizas del cigarrillo en su mano, las metía a la boca y se las tragaba, y seguía: “por eso uno toma… mucha soledad, mucha”

Mientras hablaba yo pensaba que lo entendía o eso cría.  Y viajaba a los últimos momentos antes de partir, en mi antiguo departamento. Me veía a mí misma rasguñando las paredes de soledad. Tratando de compensar esa angustia con excesivo trabajo o con fiestas incontrolables, pero siempre… siempre llega el Ocaso De Domingo, como dice un gran amigo. Es ese momento cuando todos se van, tu casa se queda vacía, tienes resaca, y percibes sutilmente que se está acabando el fin de semana, y no tienes más opción que afrontar la caída del sol por la ventana, ver a tu alrededor y escuchar a lo lejos la voz de aquel que solía estar. Abres los ojos, ya es de noche. El vacío aumenta. Tienes la impresión de que la dimensión de tu habitación crece con cada respiración. Te angustias. Te ves a lo lejos sentada sobre tu cama. Sola. Patética. Y el silencio te recuerda todas las batallas que perdiste. De pronto, uno de los chicos me  dice: “ya fue, no vamos a conseguir nada. Está muy borracho ¡vámonos!” y él mismo le dice a Fabián: “bueno Fabián, nos vemos mañana, nos vamos a dormir…” Inmediatamente, el ímpetu con el que Fabián nos contaba su vida fue interrumpido y su sonrisa se desdibujo lentamente ante nosotros, hasta poder ver entre las arrugas de sus parpados sus pequeños ojos vidriosos, nos miraba con tristeza, con una melancolía indescriptible, como niño chiquito y nos dijo con voz suave, temblorosa, casi suplicante: “No… no se vayan”. Fueron segundos en los que vi la soledad materializada. Me quede petrificada frente a él, frente a la soledad en su mayor expresión. Decidí quedarme a escucharlo. Era como sentarse a tomar un trago con el mayor de tus miedos. Primero te intimida, te da lástima, luego te asusta y como esta vez no tienes la opción de salir huyendo, lo confrontas. Lo miras fijamente a los ojos, te llenas de coraje y, es entonces, cuando te das cuenta que siempre le vas a tener miedo.

Yo creía haber sentido soledad algún día, pero nunca se va a comparar a la soledad de la montaña. Donde tu única compañía son la luna, los cactus, el silencio, el cielo infinito, una radio a la que rogamos cada noche que nunca le falte baterías y ese reloj que con tanta elegancia te da las buenas noches. Son las 3 horas, 25 minutos, 7 segundos.

En la casa de Fabian

– Sara Faride

* Escrito en Enero del 2014

*Fotografías cortesía de Subiendo al Sur

La historia de la pelota amarilla

Fueron 40 días de viaje, de aventuras, historias y descubrimiento. Fueron 40 días de los 7600 días que llevo existiendo. Representa aproximadamente el 0,52% de mi vida, parece
insignificante, ya lo sé. Pero ese 0,52% de vida que pasé junto a la Ruta Inka marcaron el
resto. Y sé que al final de mis días cuando tenga que re-ponderar los momentos más
importantes, la Ruta representará un porcentaje muy alto. Porque, un mes después, cuando ya asimilé el volver a casa, el volver a la rutina, ya acepté que no puedo cambiar de ciudad cada dos 2 días. Ahora, cuando recojo algunos frutos, me doy cuenta de lo importante que fue esta experiencia.

No pretendo relatar exactamente lo que paso en los 40 días, porque no me alcanzarían las palabras, ni el tiempo. Pero, aproximadamente a los 20 días de ruta sucedió algo que me hizo entender porque hacemos la ruta Inka y cuál es nuestra misión como ruteros.

Una tarde de domingo, a diferencia de muchas ciudades del mundo, el centro de Quito estaba lleno de personas. Ancianos reunidos en la plaza principal conversando, grupos religiosos que acaparaban la atención de quien pasaba, personas que cantaban en las calles. Niños y adultos disfrutaban de la ciudad. Ahí estábamos nosotros, cinco ruteros: Gustavo (Argentina), Pepe (Chile), Rocío (España), Panchito (Colombia) y, obviamente, yo.

Recorrimos aquellas calles que reflejaban historia. Casas coloniales con flores en los balcones, las Iglesias, algunas calles eran estrechas, podía imaginar que por ahí pasaban carrozas y caballos… y ahora, cabe solo un puñado de personas.

Encontramos una pelota amarilla en un centro de juegos infantiles. Era una pelota común y
corriente de plástico barato y algo desgastado. Inesperadamente Panchito dejó caer la pelota al suelo y con un ligero golpe se la paso a Gustavo. Quien sonriendo se la paso a Rocío, que no pudo atraparla – nunca fue muy hábil – pero, Pepe no podía permitir que se pierda nuestro nuevo juguete, y corrió a atraparla, la pateo con fuerza y sin rumbo. Inmediatamente un total desconocido la atrapó y la volvió a golpear; caminamos por las calles jugando, veíamos como las personas corrían de un extremo a otro para participar pateando nuestra pelota amarilla.

La pelota paso por niños, niñas, señores de corbata, ancianos que se mantenían sentados en la banca de la plaza solo estiraban la pierna para pasarnos la bola, y señoras que parecía que no habían jugado con un balón hace mucho tiempo, las veías correr todas afanadas. Esa pelota amarilla saco sonrisas y transformo un domingo normal.

Por nada más, la llamamos “La pelota de la paz”, logró que individuos que nunca se habían visto antes se integren con un mismo fin. Al igual que la Ruta Inka logró que jóvenes de todo el mundo, totales desconocidos, con diferentes idiomas, ideas, educación,religión, y distinto estilo de vida nos unamos con un único fin, ser embajadores de los pueblos latinoamericanos. En esos momentos es cuando uno se pregunta ¿Cómo algo tan simple puede lograr tanto?

La Ruta Inka nos da la oportunidad de ser una “pelota amarilla” e ir de lugar en lugar tocando corazones y haciendo distinto el día a día. La vida nos da sutiles golpes y el destino nos lleva a lugares que jamás hubiéramos imaginado, y es cuando toca preguntarnos: ¿por qué? Todos tenemos una misión, la Ruta Inka, al igual que muchos proyectos, es simplemente un facilitador de sueños y esperanza.

No pasemos distraídos, si la pelota amarilla nunca hubiera salido de aquel parque infantil, no hubiera podido robar sonrisas a adultos, jóvenes y niños; no hubiera podido unir a completos desconocidos. Si nosotros no nos aventuramos a salir de nuestros hogares, de nuestras ciudades, de nuestra zona de confort, no podremos hacer grandes ni pequeñas cosas, no podremos crecer como individuos, ni como sociedad.

Se estarán preguntando: ¿Dónde está ahora la pelota amarilla?, pero es algo que yo no
puedo responder. La gravedad la llevo a estancarse dentro de un portón y no pudimos
recuperarla. Supongo, que un día alguien abrió la puerta y la levantó, se la dio a alguien
más, probablemente, a un niño. Ese niño jugará y luego la perderá de vista. Nunca
sabremos su destino final, pero si podemos estar seguros de que todas las “pelotas amarillas” del planeta, están acá para contribuir a la sociedad.

*Escrito en Septiembre, 2009

– Sara Faride