Epifanía del Bar Gay

Ya llevaba un buen tiempo viviendo en Montreal y para apaciguar la soledad nómada que me caracteriza me hice amiga de tres franceses. Una chica y dos chicos. Uno de ellos era homosexual y el otro, bueno, el otro aseveraba que era heterosexual e intentaba reafirmarse con un coqueteo forzado, pero nunca dejaba escapar la oportunidad de experimentar con su mismo sexo.

Una noche de fiesta salimos de su hostal y nos dirigimos al Village gay. A mí no me importaba ir a un club gay para nada. Además, me encontraba en una de las ciudades más libres que he visitado. Una ciudad en la que, aparentemente, la gente se puede tomar la libertad de hacer y ser lo que se les ocurra, sin ser presa del cotorreo de vieja que caracteriza a las ciudades pequeñas.

El club tenía cuatro pisos que se diferenciaban por la música. Entré al más tranquilo, ordene un ron con cola, me lo sirvió un hombre vestido con un pantalón de cuero ajustado y el torso oportunamente desnudo. Ruborizada fui a bailar con el resto del grupo.

Mientras bebía mi ron barato movía levemente las caderas y un poco los hombros al ritmo de la música, mantenía la mirada altiva para disimular mi ceguera selectiva pero siempre alerta para no cruzar la mirada con algún ser infrahumano. De pronto, me entró la sensación de ser un completo fantasma, inexistente, estaba en una discoteca llena de hombres y no me sentía desnudada por las miradas, es más, ni siguiera sentía las miradas. Yo estaba lista con el viejo truco de observar el reloj para evitar el contacto visual con seres del espanto, pero en ningún momento me sentí en la necesidad de hacerlo. En mi memoria, estoy casi segura, que en ese momento era capaz de traspasar las paredes y que las personas sentían frio cuando caminaba cerca.

Después de unos pocos segundos de confusión lance un vistazo profundo a la escena. Me percaté que quienes se esforzaban con el movimiento de caderas eran mis dos pequeños y delgados amigos franceses, mientras eran observados por hombres grandes y corpulentos desde la tarima de la derecha y unos asiáticos excéntricos desde el otro lado del salón. Inmediatamente comprendí la dinámica del lugar. Ahí yo no era una presa suculenta para nadie… Por un segundo me sentí desilusionada u ofendida (no estoy segura que sentí), pero inmediatamente después, me di cuenta que era libre de hacer lo que yo quería, sin importar lo que fuera.

Bailar desenfrenadamente, mover las caderas, el cabello, saltar y sonreír sin sentirse acosada, juzgada o sobre observada. Las parejas bailaban conmigo sin ningún prejuicio, yo misma había roto barreras mentales que limitaban mi ser y mi cuerpo. Me sentí libre.  Con las luces oscuras y un montón de hombres en una pequeña tarima circular bailando sensualmente, parejas besándose con pasión en medio de la pista, rodeada por el azul eléctrico mezclado de oscuridad, la oscuridad interrumpida por los relámpagos blancos que enfatizan el efecto del ron, del ron que corría en las manos del mesero y aquel mesero sin camisa que terminaría bailando en la tarima. Lentamente un mundo pasaba ante mis ojos y mi mente se transportaba a mi vida en Bolivia. Cuando pasaba 6 o 7 veces al día por la misma cuadra y el guardia de seguridad que trabajaba en la empresa de al lado de mi casa me silbaba, las 6 o 7 veces al día… to-dos los días; o el señor que vendía herramientas en la tienda al frente de mi oficina que me gritaba: “Ey! Choquita”  todas las mañanas al llegar al trabajo y cuando lo miraba fijamente se daba la vuelta y fingía que no había sido él. No solo me ofendía como mujer sino también insultaba mí inteligencia. Más tarde en mi día tenía que lidiar con el cerdo de mi ex jefe que no perdía la oportunidad para el comentario doble sentido del día, al cual solo me quedaba responder con una mirada de odio y media sonrisa forzada. Sin lugar a duda, no puede faltar el tipo que acaban de presentarte y en lugar de saludarte con el típico beso de mejilla, en el que ni siquiera tienes que tocar a la otra persona solo acercarte un poco y lanzar un beso al aire, no! Para ese ser del infierno eso es poco, esta criatura tiene que acercarse lentamente a ti, pasar su lengua por sus labios y pegar su babosa boca en tu mejilla por una eternidad de segundos.

De pronto, mi memoria me llevo a Montañita – Ecuador, donde podía estar sentada tomando un jugo a las 3 de la tarde y no faltaba el hombre que se acercaba amablemente y me preguntaba si me podía acompañar, antes de que pudiera darle una respuesta, lo siguiente que salía de su boca era: “¿Quieres tener sexo?”. Mi respuesta lógica fue: “mira, llegabas cinco segundos antes y te decía que sí. Pero ahora tengo suficiente pelotudes por un día… pero, oye, mil gracias, me siento súper halagada”

En Francia igual pasa, ¿por qué creen que las mujeres andan con cara de culo en el metro de París? Simple, porque si andas risueña tienes a un hombre que te persigue durante tres cuadras preguntándote tu nombre y luego otras tres más reclamándote porque no quieres decirle tu nombre, “me das miedo imbécil”. Pero, no! Una no le grita eso, simplemente camina más rápido, mirando al piso y buscando un restaurante, café o bar donde refugiarse.

En fin, a estas alturas de la vida creo firmemente que los homosexuales la pasan un millón de veces mejor y me quedo con un solo lugar idílico en mi cabeza, aquel en el que podemos ser libres de hacer lo que queramos sin ser acosadas por seres del espanto.

 – Sarah Faride