El hostal de Locos – Barcelona

4:10 am, mi brazo derecho recostado sobre el mostrador de la recepción, el izquierdo apoyaba el codo para poder sostener el peso de mi cabeza al mismo tiempo que la palma de mi mano deformaba mi rostro y mi dedo meñique jugaba con el labio superior de mi boca, mientras mantenía una conversación banal con el argentino que atendía el hostal, esas charlas aleatorias que uno tiene cuando está haciendo hora y en efecto, estaba haciendo hora. Al costado derecho había un televisor antiguo pequeño, de color crema-vainilla combinado con café y en la pantalla se podía ver el corredor del piso de arriba en blanco y negro con una ligera interferencia en la imagen que le daba la sensación de movimiento. De repente, cuando la conversación no podía ponerse más aburrida, volteo la mirada hacia el televisor y veo a un hombre alto y delgado con la piel pegada a sus costillas, el estómago metido, la barba larga y despeinada paseándose por el tétrico pasillo. No pudimos articular palabra alguna solo nos acercamos más a la pantalla, mientras se escuchaba el silencio acentuado por el girar del ventilador del techo. El hombre gris de ojeras prominentes se acercaba arrastrando los pies, con las manos colgando en un vaivén sosegado. Lentamente, llega al frente de la pantalla con la mirada pegada al piso y su funesto cuerpo desafiando nuestro voyerismo, nos absorbe una tensa calma, estábamos casi pegados a ese televisor, el hombre levanta la mirada súbitamente, nos sonríe y antes de que podamos reaccionar, se baja los pantalones. Con la boca abierta y la mirada fija en aquel cuadro sacado de una película de Hitchcock nos alejamos suavemente y observamos el deambular de aquel muerto viviente.

La última noche que pasé en Barcelona fue una de las más bizarras que jamás podría imaginar. Todo empezó a eso de las 21 horas, volvíamos al hostal después de haber despedido al resto de ruteros. Rocío se encontraba enferma, Vitor cansado por la jornada y yo estaba ahí, siendo yo. Los tres sentados en el comedor, hastiados de nuestra propia existencia, reíamos absurdamente con cualquier balbuceo. Observando nuestro tedio, el argentino nos ofreció una gama de licores exóticos que los huéspedes habían olvidado y/o dejado alguna vez, teníamos un vino tan añejo que pasaba por vinagre, una mitad de algo que nunca logramos descifrar, un cuarto de licor de menta que no se movía por más fuerte que lo agitemos y una botella casi llena del famoso Licor del Mono, un anisado asqueroso que ha Roció le traía recuerdo a cuando tenía 5 años y curiosa por probar las bebidas de los adultos se escondía en el trinchero de su abuela y todos los días alrededor de las 5 de la tarde se tomaba un sorbo del Licor del Mono. Gracias a esa historia siempre he pensado que era una bebida de abuela.

En fin, al no tener alternativas nos bebimos el Licor del Mono, mientras el anisado hacia efecto nosotros reíamos y recordábamos nuestras hazañas, al pasar las horas nos percatamos que el Griego hermoso con mirada de asesino en serie que nos topábamos todas las mañanas al salir del baño, estaba mirándonos fijamente desde la esquina más oscura del salón. Limpiando con un paño, según lo que recuerdo, un cuchillo de carnicero, pero estoy segura que era una guitarra, una armónica o algo así.  Alrededor de la 12 am salimos a explorar la ciudad y así de paso escapábamos de la mirada escalofriante del griego, que bastaba con tropezar con él una vez al día, aunque sea oportunamente al salir de la ducha. Para ese momento yo ya me había fijado la meta de no dormir aquella noche, ya que a las 6 am tenía que estar en el aeropuerto para tomar mi vuelo de regreso a Lyon.

Caminamos por las frías calles del barrio Gótico hasta que encontramos un bar, nos dirigimos al sótano con una jarra de cerveza y soñamos muchos de los proyectos que ahora se están realizando. Al salir, las calles estaban más frías, más vacías y más silenciosas que nunca. Con el abrigo hasta las orejas y las manos en los bolsillos serpenteábamos hasta el hostal. En el camino nos encontramos con un grupo de jovenzuelos más alcoholizados que nosotros, la mayoría eran ingleses y gritaban por las calles quitándole el misterio al Barrio Gótico, lo cual hizo que nos separemos y sigamos con nuestra melancolía premeditada.

Cuando llegamos al hostal, Vitor se marchó a su casa y Rocio decidió ir a dormir a nuestra habitación compartida con otras 6 personas, literas que simulaban un poco de intimidad con unas cortinas de tela que a contra luz se veía la silueta de lo que querías imaginar y con el aire acondicionado estratégicamente colocado en “extra frio” ya que te cobraban por cada frazada adicional que solicitabas. Entonces, tenías 3 opciones: uno, que el tipo de cabeza rapada y cara de loco que dormía en la cama aledaña a quien veías todas las noches a través de la delgada tela de la intimidad limpiando lo que parecia ser un rifle te mate mientras duermes; dos, morir de hipotermia por el aire acondicionado mal intencionado; o tres, ser optimista, pensar que el loco rapado no te va a matar y pagar extra para no correr el riesgo de morir congelado.

Esa noche decidí no tomar ninguna de las opciones y optar por una cuarta: No pagar extra por la farsa de las frazadas, evitar los ruidos extraños del loco rapado, arriesgarme a ver al griego espeluznante hermoso a altas horas de la madrugada y conversar con el cargoso del argentino para no perder mi vuelo porque me había quedado dormida, otra vez.

Así, a las 4:45 am estaba viendo a un viejo demacrado pasearse desnudo por el pasillo mostrando sus piernas huesudas y su pesarosa intimidad. Antes de que los usuales pensamientos de replantear mi vida lleguen a mi cabeza, escucho al grupo de jovenzuelos que habíamos encontrado más temprano llegar con risas ensordecedoras y con el ajetreo que provoca el alcohol. Sin darnos tiempo para reaccionar, los vemos subiendo las escaleras y en lugar de correr a detenerlos, hicimos lo más lógico, volvimos nuestras cabezas al televisor para ver sus reacciones, se escuchaban los gritos y por la pantalla se veía a las chicas correr como escapando de un muerto.

Me tiro al sillón a reír por la rareza de la escena y en medio del alboroto del hostal de locos veo bajar a un hombre mayor, grande, corpulento, cabeza blanca, barba también blanca, larga y tupida. Se sienta a mi lado interrumpiendo mis carcajadas.

Tenía la mirada fija hacia la puerta de salida y no decía nada. Yo estaba incomoda porque parecía que quería hablarme pero no encontraba forma de iniciar una conversación.

  • En unas horas vuelvo a casa – dice sin quitar la mirada de la puerta.
  • Ah! Qué bueno – le contesto aun incomoda – ¿hace cuánto tiempo que no vuelve?
  • cinco años – responde – cinco años viajando por todo el mundo
  • ¡Que increíble! yo siempre he pensado que quiero hacer algo así… dar la vuelta al mundo.
  • Mañana llegaré a Nueva York y volveré a ver a mi hija.
  • ¿Hace cinco años que no la ve?
  • Sí – balbucea –  en realidad no. No la veo hace mucho tiempo. Estábamos enojados antes de mi partida. Pero quiero verla… aunque no sé cómo me reciba. No tengo nada allá, cuando me fui lo deje todo, incluyéndola a ella… ya tiene una hija – sonrie – soy abuelo. Al llegar, primero tendré que ir donde unos amigos, me quedaré en su casa rodante, descansaré y luego iré a verla –afirma con la cabeza en señal de aprobar su propio plan – ya vuelvo – se levanta y se va.

Pasan unos minutos y vuelve a bajar por las escaleras. Esta vez, está recién bañado, lleva una chaqueta envejecida por el uso pero de estilo clásico, pantalón de vestir, esta rasurado, el cabello recortado, muy pulcro, con un peinado hacia atrás y vuelve a sentarse junto a mí.

  • ¿Está listo? – Le digo
  • No – una ligera sonrisa de ansiedad se distingue en su rostro- estoy nervioso
  • Debe ser duro volver
  • Siempre es duro, pero lo mejor de irse es volver
  • – Lo mire a los ojos por primera vez y le pregunto – ¿Qué se siente dar la vuelta al mundo?
  • Es maravilloso, el mundo es mágico… pase mucho tiempo en Egipto y las pirámides nunca dejaron de sorprenderme
  • Sabe… Estoy en un momento complicado, siempre he querido dar la vuelta al mundo, pero ahora que he salido de mi casa por una larga temporada por primera vez, me doy cuenta que es difícil partir, dejar lo que construiste para empezar de nuevo y de nuevo y de nuevo… y encima acabo de terminar una relación y… – Me interrumpe.
  • y… esa es la vida!!! No le veo complicación
  • Pero… dígame ¿vale la pena? ¿Vale la pena dejarlo todo?
  • Mira, he recorrido el mundo entero, he trabajado de todo, he conocido a mucha gente, he vivido y sí, ha valido la pena. Pero mientras más pasa el tiempo me doy cuenta que mis ojos ya han visto demasiado y se han cansado, yo me he cansado, ahora pienso que mi alma necesita más, necesito verlo todo de nuevo pero a través de otros ojos – Antes de que pueda responderle continua – No te preocupes tanto, simplemente Haz lo que te haga feliz.

Inmediatamente se levantó, puso su mano sobre mi mejilla, sonrió hasta casi cerrar sus ojos, se arregló la chaqueta, tomo la pequeña maleta que llevaba y salió por aquella puerta. Me quede quieta mirando su partida, como si fuera yo quien sale por esa puerta dentro de 40 años… y recuerdo que debo estar en el aeropuerto en 10 minutos, voy a buscar la mochila apurada, bajando las escaleras escucho gritos de nuevo, el argentino me hace a un lado bruscamente para subir y yo bajo corriendo para ver el televisor, me quedo sonriente y placida observando al viejo desnudo correteando a las huéspedes gringas mientras el argentino trata de cubrirlo con una de sus frazadas.

– Sara Faride

 

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