Amores pasajeros: La decisión

Hace un par de días estaba en un bar en Edmunston junto a una compañera de trabajo. Estábamos tomando nuestra última cerveza en el típico bar de pueblo gringo y en medio de los variados temas que abordamos las mujeres en una conversación (detectar sarcasmo), empezamos a hablar de amores, desamores y viajes. Lo cual me llevo a escribir este post, porque el amor es un tema bastante complicado cuando te caracterizas por ser una nómada. Porque la persona que está contigo tiene que lidiar constantemente con la idea de que en cualquier momento te vas a ir, pase lo que pase, te vas a marchar y por si fuera poco le vas a exigir que se sienta dichoso pensando que si te ama de verdad te dejará libre.

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En mi vida tuve dos grandes amores, los vamos a llamar UNO y DOS, para no complicarnos. A mis diecisiete años conocí a mi primer amor, Uno. Me enamoré perdidamente de él y aunque aparente ser una mujer muy fuerte e independiente seamos honestos no lo soy. Soy una marica, romántica, cariñosa, me enamoro súper rápido y a veces paso de patética leyendo libros como “Ama y no sufras” en un café hípster en el centro de la ciudad. En fin, después de entrar a la universidad y haber pasado un año y medio de amor profundo decidí hacer mi primer viaje sola. A Uno no le gustó nada la idea y terminamos. Cuando regresé no pasó mucho tiempo para que volvamos a estar juntos. Pasamos un año más, yo esforzándome por fingir ser alguien que no soy y él esforzándose por retenerme, obviamente, ninguno de los dos logramos nuestro objetivo y al poco tiempo volví a partir. La relación no duró mucho. Al volver, una parte de mi sabía que estaba perdiendo al hombre de mi vida, pero no podía  conmigo misma, existía algo más fuerte que me insistía desde lo más profundo que lo deje. Finalmente logramos dejarnos ir consientes que era lo mejor.

En los próximos meses conocí a mi segundo amor, Dos. Lo conocí en un bar y empezamos a salir interrumpiendo “la etapa de duelo”. Esa etapa en la que aceptas que se acabó, que terminaste esa relación larga, que esta vez no volverás atrás, estas aprendiendo a estar solo y redescubres tus gustos sin ser influenciado por la opinión de alguien más; esa etapa en la que debes estar solo, sin importar nada, debes aprender a estar solo, pero como esa etapa es terriblemente difícil y abrumadora, por lo general lo que haces es refugiarte en los brazos del primer idiota que se te cruza. Bueno para no hacerlo mejor lo hice así- detectar más sarcasmo- me enamoré rapidito, me enamoré hasta las patas, me encandiló y enloquecí por él, y sin darme cuenta, a los pocos meses estaba aceptando casarme con él, imaginando una casa, un perro, y construyendo una vida que no tenía el más mínimo sentido– oh por Dios, solo de acordarme me da nauseas –. En fin, confío en que la vida es muy sabía, al poco tiempo decidí mudarme a Cochabamba. Había encontrado un trabajo, empezaba un diplomado  y él vivía ahí.

Recuerdo bien esa noche, había alistado mi maleta floreada que me regaló mi madre la navidad pasada, puse todo lo necesario; solo me quedaba contar los minutos para que el sol se oculte entre las montañas y llegue la hora de tomar ese avión. Sentada en frente de la ventana, esperaba que oscurezca. Parecía que el sol nunca se escondería y que nunca iba a llegar la hora; daba una vuelta, me miraba al espejo, retocaba el delineador de mis ojos, volvía a la ventana, el tiempo no pasaba. Era la típica ansiedad que sientes cuando sabes que estás dando un paso importante en tu vida. Volvía al espejo, ensayaba algunas posibles conversaciones que tendría al llegar y volvía a mirar la ventana. Se sentía alcanzar el ocaso, el cielo se ponía gris, las montañas se iluminaban cuando el sol pasaba por detrás y la brisa helada penetraba las infinitas capas de ropa que protegían la vulnerabilidad de mi cuerpo. La espera siempre parece eterna, pero solo habían pasado cinco minutos. Finalmente, veo el reloj y había llegado el momento de partir, estaba a punto de coger la maleta y suena mi celular; me detengo y veo un correo nuevo, lo abro y… ¡voila!

Algunos meses atrás cuando Dos no existía en mi vida, había postulado a una beca en Francia, como no habían respondido la daba por perdida. Pero en ese preciso momento entre coger mi maleta y tomar el avión, llega un mensaje de aceptación para la beca, 9 meses en Francia. Momentos decisivos de la vida: ¿tomo ese avión y vivo en Cochabamba junto a lo que parecía ser amor o me voy a Francia y continúo siendo la persona que deja?

¿Qué hice? Tomé ese avión.  Deben estar pensando “pero que pelotuda”. Sí, un poco, no lo voy a negar, pero era justo lo que necesitaba hacer en ese momento.

Volvamos atrás por unos segundos. Cuando la relación con Uno no funcionó lo primero que pensé fue que era mi culpa. No funcionó por mí, porque no supe elegirlo a él por encima del deseo de aventura, porque no puedo evitar ser una nómada, porque fui egoísta y nos habíamos herido tanto por mi irremediable deseo de partir  y me repetía continuamente: “quien va a querer estar con una persona que sabes que se va a ir, que te va a dejar y que en lo único que es constante es en su inconstancia”. Por eso decidí subir a ese avión y rechazar la beca. No voy a decir que fue la peor decisión de mi vida, porque no lo fue, pero sí puedo decir que fue la persona equivocada, pero eso lo supe muchos meses después.

Pensaba ilusamente que ya había superado la etapa de “viajera”, repitiéndome a mí misma: es hora de que sientes cabeza, hagas algo con tu vida, es hora de que demuestres que no siempre vas a ser quién deja, que también eres capaz de renunciar a lo que eres por quien amas. Estoy segura de que todo pasa por algo en la vida, o por lo menos es lo que decimos para consolarnos cuando sucede algo para lo que no estábamos preparados pero al final todo sale mejor. Sin duda si me hubiera ido y hubiera vuelto a ser quien deja y no me hubiera probado a mí misma que también puedo saber quedarme, ahora seguiría pensando que continuo partiendo por circunstancia y no por decisión, no estaría tan segura de lo que soy y no sabría que las decisiones grandes no se toman en cinco minutos, ni tampoco sabría que hay que saber renunciar a cosas pero nunca a quien eres y hay que renunciar por quien lo valga porque, al final, lo difícil no es renunciar, lo difícil es encontrar a esa persona que lo valga.

– Sara Faride

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